{"id":9000,"date":"2013-02-28T11:44:04","date_gmt":"2013-02-28T17:44:04","guid":{"rendered":"http:\/\/www.eloriente.net\/home\/?p=9000"},"modified":"2013-02-28T11:44:04","modified_gmt":"2013-02-28T17:44:04","slug":"en-el-jardin-de-melibea-los-arboles-viven-de-pie-iii-parte","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/www.eloriente.net\/home\/2013\/02\/28\/en-el-jardin-de-melibea-los-arboles-viven-de-pie-iii-parte\/","title":{"rendered":"En el jard\u00edn de Melibea los \u00e1rboles viven de pie. III PARTE"},"content":{"rendered":"<div style=\"text-align: right\">Por: Rodolfo Nar\u00f3<\/div>\n<div style=\"text-align: right\"><\/div>\n<div>En las dos entregas anteriores, Biblioteca p\u00fablica y Biblioteca Nacional, les cont\u00e9 c\u00f3mo me enamor\u00e9 y c\u00f3mo trabajo en una biblioteca; ahora les relato la manera en la que he hecho la personal, poco a poco, libro a libro. Esta es la \u00faltima parte de mi ponenecia en el XIX Coloquio Internacional de Bibliotecarios, \u00abYo leo, t\u00fa lees, leyendo en la biblioteca\u00bb, realizado en la pasada Feria del Libro de Guadalajara.\u00a0 <strong><br \/>\n<\/strong><\/div>\n<div><\/div>\n<div><strong>Biblioteca personal<\/strong><\/div>\n<div><\/div>\n<div>No puedes sacar ni un libro de esta casa. Le dije a Marcela Buenfil cuando nos separamos. Era la primavera de 1998 y ten\u00edamos un a\u00f1o viviendo juntos. Sus libros hab\u00edan ayudado a conformar mi biblioteca. Su colecci\u00f3n ten\u00eda de todo, biograf\u00edas, novelas, mucho de Garc\u00eda M\u00e1rquez y de Cortazar, otro tanto de Vargas Llosa y algunos m\u00e1s del Boom Latinoamericano. Despu\u00e9s de su partida, mi casa fue moviendo sus espacios conforme aumentaban los libros.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Mand\u00e9 a hacer libreros para instalarlos en la sala, el comedor y en cada habitaci\u00f3n. Entre los libros que iba comprando, los que me regalaban las editoriales o intercambiaba con amigos escritores, cada semana se acumulaba un nuevo mont\u00f3n en la mesa del comedor. A los que se sumaron los libros que me fui trayendo de la casa de mis padres en cada viaje a Guadalajara, aquellos que hab\u00eda le\u00eddo cuando era ni\u00f1o y en mi adolescencia. Quer\u00eda que mi departamento de la colonia Del Valle fuera una gran biblioteca. Quer\u00eda sentirme m\u00e1s escritor por la presencia de tantos autores que admiraba.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Cuando he ido de visita a casa de alg\u00fan amigo escritor, como quien pregunta d\u00f3nde est\u00e1 el ba\u00f1o, a m\u00ed me parece muy normal preguntar por la biblioteca, que en el caso de Carlos Monsiv\u00e1is era toda su casa, ecl\u00e9ctica y abrumadora, con m\u00e1s de treinta mil libros por cada rinc\u00f3n, amontonados sobre los sillones y mesas, apilados en su escritorio, donde los gatos hac\u00edan malabares para esquivar altas torres. Con \u00e9l conoc\u00ed la biblioteca del Arzobispo Antonio Chedraui; era muy inglesa, con libreros de caoba rojiza, con libros resguardados bajo llave y vidrio esmerilado. Uno conoce a las personas no s\u00f3lo por los libros que lee, sino tambi\u00e9n por aquellos que resguarda.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Una sensaci\u00f3n de nav\u00edo sent\u00ed al entrar a la biblioteca de \u00c1lvaro Mutis; amplia, luminosa, de blancos estantes. Ten\u00eda la sensaci\u00f3n de que en cualquier momento, tras de m\u00ed, entrar\u00eda Maqroll el Gaviero o si me asomaba por una de las ventanas, en vez de ver el jard\u00edn, me encontrar\u00eda en altamar. Al centro hab\u00eda una sala de lectura, al fondo estaba su escritorio, su m\u00e1quina de escribir y en un rinc\u00f3n una fotograf\u00eda del Zar Nicol\u00e1s II. Al preguntarle por ella me dijo: \u201cla conservo porque fue un m\u00e1rtir. En el fondo soy imperialista\u201d.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>M\u00e1s de una vida me har\u00eda falta para alcanzar a leer los 75 mil libros de la biblioteca de Gustavo Sainz, reci\u00e9n donada al Estado de Coahuila. En 2008 coincid\u00ed con \u00e9l en un encuentro literario en Dallas, Texas. Entre lectura y lectura me cont\u00f3 su pasi\u00f3n por los libros, c\u00f3mo los fue acumulando, c\u00f3mo hac\u00eda para leerlos sin maltratarles el lomo al abrirlos demasiado; record\u00f3 la tarde en que tuvo que dejar su primera casa en la Cuauht\u00e9moc porque los libros lo echaron de ella y se busc\u00f3 otra donde entrara \u00e9l con los nuevos ejemplares. Al paso de los a\u00f1os, al llegar a los 40 mil vol\u00famenes, tuvo que rentar una bodega para seguir atesor\u00e1ndolos.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Una situaci\u00f3n similar padeci\u00f3 Lezama Lima en su casa de la Habana, tambi\u00e9n los libros casi lo echan a la calle o Alejandro Vaccaro, bi\u00f3grafo de Borges, a quien conoc\u00ed en Buenos Aires. Vaccaro se vio en la necesidad de decidir si dejaba su departamento de Recoleta, el cual est\u00e1 en un tercer piso, o pasaba la mitad de sus libros a otro lugar, el peso del papel amenazaba con desplomar el edificio. La de Alejandro Vaccaro es una de las bibliotecas m\u00e1s interesantes y mejor organizadas que he conocido, con espacios especiales para las primeras ediciones de Borges, entre ellas su libro de ensayos <em>El tama\u00f1o de mi esperanza<\/em>, de 1926, un libro que Borges en vida proscribi\u00f3 y dej\u00f3 estipulado que no se volviera a editar. Lo ve\u00eda como un error de juventud, sobre todo por el t\u00edtulo; pensaba \u00e9l que la gente lo relacionar\u00eda con otras medidas que los hombres solemos presumir. Vaccaro, adem\u00e1s resguardaba cartas manuscritas, dibujos y adornos que descansaron por a\u00f1os en los estantes de la biblioteca de Borges.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Quiz\u00e1 m\u00e1s que por sus lecturas y por los libros bajo resguardo, es por las cosas peque\u00f1as que descansan en el filo de los estantes, por lo que conoces m\u00e1s a las personas: fotograf\u00edas, postales, mu\u00f1equitos de lucha libre, soldaditos de plomo, artesan\u00edas, bustos de pr\u00f3ceres, una gran cantidad de objetos y recuerdos de vidas pasadas. Adem\u00e1s, est\u00e1 la forma en que cada quien organiza sus libros, por autor, por tema, por colores y tama\u00f1os, por g\u00e9nero o por editorial, como es mi caso, me gusta que tengan un mismo tama\u00f1o, por lo que a veces no s\u00e9 qu\u00e9 hacer cuando un autor publica en distintas editoriales, como es el caso de Jordi Soler, que ya est\u00e1 en Alfaguara, en RBA y en Mondadori.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>\u00bfQu\u00e9 destino tendr\u00e1n ahora las bibliotecas con los lectores electr\u00f3nicos que pueden almacenar miles de libros en la palma de la mano? Una tarde de junio, Montserrat Hawayek fue a comer a mi casa, siendo m\u00e1s obsesiva que yo me pregunt\u00f3 cu\u00e1ntos libros ten\u00eda en mi nueva biblioteca. \u201cNi idea\u201d, le contest\u00e9. As\u00ed que se pas\u00f3 toda la tarde cont\u00e1ndolos. 4537 me dijo poco antes de llamarla a cenar. \u201cTienes s\u00f3lo 157 m\u00e1s que yo\u201d, me contest\u00f3 un poco decepcionada. \u201c\u00bfSabes cu\u00e1ntos libros tiene la biblioteca de Al\u00ed Chumacero?\u201d, le dije y le contest\u00e9: \u201cM\u00e1s de cuarenta y seis mil\u201d. Si Borges imaginaba la biblioteca como un laberinto, don Al\u00ed la ve\u00eda como una casa. Fue Guillermo, su hijo, quien me llev\u00f3 a conocerla. Entrar a la viaja casona de Gelati 34 Bis es ganarle territorio al tiempo. La finca, estilo colonial mexicano, data de 1897. Lourdes, madre de Guillermo, la descubri\u00f3 en 1964, estaba hecha una ruina y con su buen ojo de galerista de arte fueron restaur\u00e1ndola poco a poco, haciendo del gran recibidor el espacio para la biblioteca y estudio de Al\u00ed, que a\u00fan siendo editor de El Fondo de Cultura Econ\u00f3mica sab\u00eda que los libros no se adquieren por docena ni se compran de un tir\u00f3n, as\u00ed como se escriben, lentamente, se van adquiriendo, rebusc\u00e1ndose en librer\u00edas de viejo, dejando al azar el hallazgo oportuno. La felicidad de dar con una primera edici\u00f3n de San Juan de la Cruz de 1703, encuadernada en piel, es insuperable.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>Es la biblioteca m\u00e1s acogedora que he conocido, con dos mesas de trabajo, una rectangular, en madera oscura que hab\u00eda pertenecido a Mart\u00edn Luis Guzm\u00e1n y la otra, redonda, al fondo del sal\u00f3n, la que estuvo en casa de Jos\u00e9 Vasconcelos, entre ellas dos una sala de lectura, con sillones de tapiz floreado y una docena de tapetes pakistan\u00edes tirados en el suelo; ah\u00ed crecieron sus cinco hijos, viendo trabajar a su padre, jugando entre letras y un leve rega\u00f1o para que no hicieran tanto ruido. Guillermo Chumacero me cont\u00f3 el amor filial que sent\u00eda su padre por los libros. \u201cLos libros son como los hijos\u201d, le dije yo, \u201cno se prestan ni se dejan encargados en casa de amigos\u201d, de ah\u00ed la terrible decisi\u00f3n de no dejar a Marcela sacar un solo ejemplar de mi casa. Fueron los libros compartidos, los libros revisados y comentados. Aquellos que durmieron, brazos abiertos, sobre su pecho. Los libros que pacientemente maduraron, como el fruto espera pendiendo de una rama a ser devorado. Al\u00ed Chumacero dedic\u00f3 toda su vida a\u00a0 amarlos, no s\u00f3lo supo lo que era vivir para ellos, sino morir rodeado de ellos. Los dos \u00faltimos a\u00f1os de su vida, ya sin una pierna que lo tuvo postrado, pidi\u00f3 que bajaran su cama a la biblioteca. En ese para\u00edso sigui\u00f3 escribiendo, ah\u00ed le\u00eda, dorm\u00eda. Ah\u00ed festej\u00f3 sus 92 a\u00f1os poco antes de darle vuelta a la \u00faltima p\u00e1gina de su vida.<\/div>\n<div><\/div>\n<div>La biblioteca personal de Al\u00ed Chumacero, Carlos Monsiv\u00e1is, Jos\u00e9 Luis Mart\u00ednez, Antonio Castro Leal y Jaime Garc\u00eda Terr\u00e9s, han tenido el mejor destino para un libro, han pasado de ser un fondo privado a formar parte de una gran biblioteca publica llamada \u201cLa ciudad de los libros\u201d, proyecto del CONACULTA y fincada en la antigua Ciudadela. Biblioteca que respeta la arquitectura del recinto original de cada colecci\u00f3n y que albergar\u00e1 a m\u00e1s de 200 mil vol\u00famenes. Adem\u00e1s, el proyecto consiste en digitalizarlos, que el usuario llegue a esa biblioteca de cinco brazos y, a trav\u00e9s de un iPad, busque los t\u00edtulos deseados, para leerlos desde ese aparato. Aunque eso no significa que la lectura se fomente con los lectores electr\u00f3nicos. Cu\u00e1ntos miles de libros quedar\u00e1n almacenados en esas memorias digitales sin que les demos lectura porque los olvidemos, como se van olvidando los libros apilados en los rincones de nuestra biblioteca personal.<\/div>\n<div><\/div>\n<div><strong>Los libros viven de pie<\/strong><\/div>\n<div><\/div>\n<div>Las palabras de amor que no se dicen los enamorados, son las que mejor se guardan en el coraz\u00f3n. Ahora y desde hace un par de a\u00f1os, me gusta visitar la biblioteca que se trag\u00f3 una ballena: la Biblioteca Vasconcelos. Confieso que no me gust\u00f3 cuando la conoc\u00ed, me pareci\u00f3 fr\u00eda, con los libros tan alejados, como frutos prohibidos, trepados en las copas de los \u00e1rboles. La biblioteca que ha soportado tantas tempestades. Tuve que frecuentarla varias veces, subir hasta el sexto piso, andar sus estrechos pasillos de cristal, como ramas a punto de quebrarse ante el v\u00e9rtigo, llegar a la secci\u00f3n 800 y buscar <em>La amada inm\u00f3vil<\/em> de Amado Nervo, <em>El romancero gitano<\/em> de Garc\u00eda Lorca, <em>Rimas<\/em> de Gustavo Adolfo B\u00e9cquer, Sor Juana, G\u00f3ngora, Quevedo y sobre todo <em>La Celestina<\/em> de Fernando de Rojas, para volver a evocar el amor y hacer de ese lugar, mi nuevo y recurrente <em>hogar.<\/em> Para sentirme entre los m\u00edos: los libros que, como los \u00e1rboles, tambi\u00e9n viven de pie. Desde esas alturas y a trav\u00e9s de sus grandes ventanales he podido dominar el jard\u00edn bot\u00e1nico que rodea a la biblioteca y he visto a los enamorados, hacerlo suyo, volverlo, sin ayuda de ninguna celestina, el jard\u00edn de Melibea.<\/div>\n<div><\/div>\n<div><a href=\"http:\/\/www.eloriente.net\/home\/wp-content\/uploads\/2013\/02\/la-fotoCh.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"aligncenter size-medium wp-image-9002\" src=\"http:\/\/www.eloriente.net\/home\/wp-content\/uploads\/2013\/02\/la-fotoCh-267x300.jpg\" alt=\"\" width=\"267\" height=\"300\" srcset=\"https:\/\/www.eloriente.net\/home\/wp-content\/uploads\/2013\/02\/la-fotoCh-267x300.jpg 267w, https:\/\/www.eloriente.net\/home\/wp-content\/uploads\/2013\/02\/la-fotoCh.jpg 356w\" sizes=\"(max-width: 267px) 100vw, 267px\" \/><\/a><\/div>\n\n\t\t\t  <div \n\t\t\t  \tclass = \"fb-comments\" \n\t\t\t  \tdata-href = \"https:\/\/www.eloriente.net\/home\/2013\/02\/28\/en-el-jardin-de-melibea-los-arboles-viven-de-pie-iii-parte\/\"\n\t\t\t  \tdata-numposts = \"10\"\n\t\t\t\tdata-colorscheme = \"dark\"\n\t\t\t\tdata-order-by = \"social\"\n\t\t\t\tdata-mobile=true>\n\t\t\t  <\/div>\n\t\t  <style>\n\t\t\t.fb_iframe_widget_fluid_desktop iframe {\n\t\t\t    width: 100% !important;\n\t\t\t}\n\t\t  <\/style>\n\t\t  ","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por: Rodolfo Nar\u00f3 En las dos entregas anteriores, Biblioteca p\u00fablica y Biblioteca Nacional, les cont\u00e9 c\u00f3mo me enamor\u00e9 y c\u00f3mo trabajo en una biblioteca; ahora les relato la manera en la que he hecho la personal, poco a poco, libro a libro. 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