ES LA CULTURA: Como yo te amé, por Juan Pablo Vasconcelos

 

Es la Cultura

“¿Qué importa vivir de ilusiones, si así soy feliz?”

Armando Manzanero

Como yo te amé

(www.eloriente.net, México, a 30 de julio de 2018, por: Juan Pablo Vasconcelos @JPVmx).- Tengo la impresión de que antes las lluvias eran más intempestivas, más violentas, en la ciudad.

Me asomaba a la ventana de la casa familiar y el jardín se transformaba de pronto en un lodazal inmenso. Los limonares borrosos a lo lejos, eran golpeados severamente por proyectiles de tamaños variados, pero cuyo tino era milimétrico. Los hormigueros desaparecían. En los mosaicos rojos se depositaban las buganvilias derrotadas. Adentro, la oscuridad. Y encima, no era raro un corte de luz en la colonia, donde también todo estaba diferente: solamente tres o cuatro casas en la manzana para entonces, las calles de terracería, los vecinos como familia. Ahora, en cambio, las viviendas se han ido apiñonando por decenas y hay restaurancitos en todo el contorno.

También es posible que se trate solo de una impresión y la lluvia de ahora sea la misma de siempre.

Al final, yo era un niño para entonces y cuando se tiene mirada de niño todo se percibe más grande, imponente, como si la vida se tratara de una gran aventura, una exploración donde las lluvias, los remolinos que surgen en el polvo de cualquier esquina, los escurrimientos en las cunetas como arroyos, las mismas grietas en las paredes, son motivos suficientes para interesarse e imaginar sus causas y sus efectos.

Hay quien todavía, ante un remolino casual por ejemplo, sigue haciendo una cruz para desaparecerlo de súbito.

Pero aquellas tardes —sobre las cuales seguramente he de volver en el futuro—, hay también un acompañamiento que nos hace comunes a cientos de personas de mi generación: los tocadiscos.

En casa, había un Fisher, con casetera y diversos controles para volumen y las estaciones de radio. Uno de esos aparatos misteriosos que a partir de una aguja aun visible podían desatar el milagro.

Yo era afortunado. Porque entre la lluvia, la casa oscurecida, el tocadiscos y la mirada de niño, existía mi madre.

Mi madre. Una mujer con vocación bondadosa y romántica. Quien a menudo nos hablaba con frases de boleros o películas, lo cual solo enfatizaba su sensibilidad por la poesía y la música. De hecho, con el paso de los años, he ido descubriendo las cintas o canciones de las cuales ella entresacaba esas frases de las que yo entonces la creía autora. Resulta que me regañaba con frases de películas italianas de los años sesenta o me decía que me quería con estribillos de baladas y boleros latinoamericanos.

Pero no se malentienda. Nada era en una atmósfera culterana o elitista. Ella siempre ha sido una mujer sencilla, pero elegante, sensible, de una sonrisa radiante.

Y luego, tuvo otro mérito: darnos acceso a sus discos de vinilo. Y entre ellos, a uno en particular: “A mi amor, con mi amor” de Armando Manzanero.




En la portada, el joven compositor, muy bien peinado hacia el costado y apoyándose en el teclado de su piano, mira de frente mientras sonríe a una cámara colocada en lo alto. El piano y su frac, enfatizan su vocación de compositor de la época.

Aquel disco de 1967 contiene algunas de las canciones más recordadas de Manzanero: “Adoro”, “Mía”, “Aquel Señor”, “Felicidad”, “Salud”, “Voy a Apagar la Luz”, “Esta tarde vi llover”, “Contigo Aprendí”, “El Ciego”, “Cuando estoy contigo”, “Perdóname” y “No”.

Cada melodía del álbum sigue siendo una referencia a aquellas tardes, a la sala que da al patio y al reflejo nebuloso de la luz sobre los muebles. Uno escucha el inicio de una canción que encontró de niño y es imposible no volver a aquella patria en el recuerdo.

Sin embargo, no fue sino hasta 2007 o 2008 cuando conocí en persona a Armando Manzanero.

Un sábado, él daría una conferencia sobre su vida en la Casa de América en Madrid y, como siempre es más sencillo saludar a los artistas mexicanos en el extranjero, no pensé dos veces en acudir a verlo. Era, de alguna forma, acercarme a la patria y a mi niñez.

Armando, hizo algunas confidencias sobre su origen modesto y habló más sobre los obstáculos que sobre las cosas resueltas, como suele suceder con las personas sin temor a la sencillez.

Ningún grande da por hecho su destino de grande.

Su madre, por ejemplo, para poderle conseguir un primer piano al niño Manzanero, debió sacrificar una máquina de coser e intercambiarla por el instrumento, que luego, se convertiría en el símbolo del compositor yucateco.

Es altamente probable que tú también, cuando piensas en Armando, lo visualices junto a un piano o alzando levemente la mandíbula mientras se solaza en las letras de alguna interpretación.

También es altamente probable que sin ese gesto de su propia madre, ese sacrificio pasajero para hacer posible el desarrollo del talento y la incipiente vocación de su hijo, nada de lo aquí escrito hubiese alguna vez aparecido. Y lo que es peor, millones de imaginarios no tendrían en la mente esas letras históricas: “comprendo que fue una exageración, lo que yo te amé”.

Pero, ¿qué no inicia con un gesto de una madre? De alguna manera, ellas siempre son las que hacen posible el movimiento del mundo, los primeros pasos y aún los últimos. Moldean el carácter, nos conocen. Nadie nunca nos ha de mirar con tal intimidad, con tal complicidad. Ningún acto nuestro se les fuga de una especie de dominio luminoso que ellas evocan. Y luego están sus brazos, a los cuales uno siempre vuelve sin preguntas, porque de todas las respuestas, la última siempre está en el roce de su mejilla sobre nuestras cabezas.

“Aquel señor, a quien compraba las flores que te daba, me preguntó por ti, que qué pasaba que por qué, no te llevaba”, cantó Manzanero la otra noche.

Le tuve que decir que sí te llevaba y que te veo y te medito cada vez con más frecuencia, como si el paso del tiempo marcara con más ímpetu tu huella en mi vida.




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