Dos poemas de Elisa Díaz Castelo

eloriente.net/Periódico de Poesía

2 de enero de 2018*

Por: Elisa Díaz Castelo

Mapa del metro de una ciudad desconocida

Cuántas formas de irse y todas truncas.
En este plano la ciudad es solo
movimiento: todo trayecto, lugar
que se bifurca, derroteros, trasbordos y baraja
de caminos brillantes. Coreografía
más que geografía. De cerca,
ramillete de muñones,
ríos entubados. De lejos,
una medusa sin cara, cabellera
que no necesita ojos para mirarme de vuelta.
Su voluntad infértil, su movimiento fijo:
todos los caminos posibles sucediendo,
todas las opciones elegidas.

He aquí un mapa del tiempo, atravesado
por el alfiler imposible de la sincronía.
Cada ruta de un color y tan callada:
una cepa de niños vestidos en tonos alegres
y sólo uno me llevará de la mano, me alejará.

Miro sin sorpresa mi futuro: sus rutas,
escasas y rectas, sé bien a dónde llevan.
Quisiera quedarme
en este sitio, siempre
sin decidir, ciudad entera y vasta,
redonda fruta madura
y yo aún sin comenzar a horadarla.

Si no empieza uno nunca, ¿dónde acaba?

Qué ganas sólo de permanecer, tan quieta,
así como un vaso de vidrio contiene
su caída, las muchas formas
en las que puede romperse.



Manual para sostener niños pequeños

para Aurelia

A mi amiga le da miedo cargarlos
y la entiendo: ese peso incierto entre las manos,
todo calvicie, boca y uñas diminutas.
Aparte están las tías que siempre dicen:
pero que no se le vaya la cabeza.
Luego, hay que pensar en tantas cosas,
dar soporte a la espalda, vigilar que no lloren
y no olvidar la leche que hierve en la cocina.

No sé si estamos hechas para tanto ajetreo,
no nos damos abasto con nuestra poca vida
y casi siempre es suficiente
la página en blanco, el guión
que en la pantalla pestañea su impaciencia.
Nos basta el sonido que hacen las palabras
unas contra otras como cuentas de vidrio.
No entendemos el llanto de los niños.
No podemos leer su partitura de corcheas.

Para ayudar a mi amiga a superar su fobia
le digo que piense, al acoplar su cuerpo,
en el doblez del brazo
de quien escribe inclinado a la mesa.

Aun así, tiene miedo
de esos escuincles que se retuercen
y empeñan en caerse, todo jabón
que se escapa entre manos, cosas
que se rompen de un grito
contra el suelo.

Es conveniente
afianzarlos al pecho
para que nuestro latido parco los arrulle
y, si estamos de pie, hay que mecerlos
como quien, indeciso,
no sabe hacia dónde dar el primer paso.
Y las flores en carne viva de sus bocas
es mejor no verlas.

Son movimiento hirsuto, retruécanos.
En sus encías de tiburón germinan
dos mudas de dientes, sus huesos
son maleables como plata fundida.
No hacen más que morirse
a cuentagotas, devorar los minutos
con su llanto asombrado.
Son todo comisuras, cromosomas,
y ya los lleva lejos el latido
limpio y ágil de su corazón,
diminuto reloj empedernido.

Pero habrá que cargarlos, sostener
esos sus cuerpos tibios
de pan recién horneado.
Y renegar de su ciega autonomía,
sus ganas de escaparse desde ahora.

Son tan ligeros y sin embargo pesan.
Quizá es eso de cargar la vida ajena,
tener en brazos su cuerpo de ventaja,
sin otro remedio que desistir un poco
de uno mismo, ser de la estatua
la base y la columna,
ser de otra vida un personaje secundario,
y no tener palabras para nadie
ni conocer la forma del consuelo.


Elisa Díaz Castelo Ciudad de México, 1986. Es poeta y traductora. Ha sido becaria del programa Jóvenes Creadores del Fonca y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal 2017 y es autora de Principia (FETA, 2018).

*Publicado originalmente en Periódico de Poesía.

La imagen de portada es de León Hart. Licencia CC.

 



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