Alonso Aguilar y Francisco Toledo

Por: Alonso Aguilar Orihuela*

Una dedicatoria prestada:
Para F, que le gustaba Kafka y soñaba con viajar a la India.

Para la familia del maestro Toledo, con respeto y cariño.

Conocí al maestro Francisco Toledo una noche, ya cuando habían cerrado el IAGO. En ese tiempo, la secretaria de Toledo era Elizabeth Sandoval. Ella llamó a mi teléfono aquella tarde —no sé como lo consiguieron—. Preguntó si yo era el señor Orihuela y dijo que hablaba de parte del maestro Francisco Toledo. Reí nervioso y dije que sí, que no era señor pero que yo era aquel. Entonces me indicó que el maestro me esperaba en la noche, a las 8:30, en el IAGO porque quería hablar conmigo. No esperó respuesta y colgó.

Esa mañana el periódico Noticias, en el cual yo trabajaba, había publicado una plana con un texto mío que trataba sobre la exposición más reciente de Toledo, en la bodega de la Galería Quetzalli, nombrada Toledo: obra reciente. Me asombró la capacidad del maestro para trabajar sobre distintos soportes y distintas técnicas en cada uno. Había algunas pocas piezas de cerámica de alta temperatura, grabados de distintos formatos con una gran variedad de recursos técnicos que Toledo solía usar; y, sorpresa, también había óleos. Uno en especial memorable para mi llamado Todo negro, un gran murciélago abierto de alas, enseñando un pene desproporcionado, con la mirada frontal clavada en el espectador. La textura de las alas pensé que estaba hecha con algún tipo de cera, de encáustica —años más tarde, le conté a Toledo de mi gusto por ese cuadro y me contó que esa textura había sido causada sin querer, mientras la obra era transportada de la Ciudad de Oaxaca hacia la casa del coleccionista, de una manera no muy buena, que hizo que el óleo se derritiera, aplastara y escurriera en ciertas partes, creando esa textura que me pareció muy interesante y que a él también le gustaba—.

Me asombró que en aquel tiempo el discurso de Toledo ante la prensa era que “se había cansado de ese oficio de mancha telas”, refiriéndose a la pintura al óleo, que estaba agotado física y mentalmente porque las causas sociales que apoyaba requerían de su tiempo, incluso de su tranquilidad, necesaria para trabajar. Y de pronto, pum, Toledo expone una soberbia muestra de sus habilidades, inquietudes y técnicas, alejándose totalmente de sus dichos. Eso me gustó mucho. Un genio, un escapista que distraía a la prensa para que lo dejaran trabajar más o menos a gusto, es decir, sin acosarlo burdamente, sin pararlo a cada rato en la calle para hacer preguntas que lo alteraban o de plano le aburrían.

Titulé mi artículo “un murciélago llamado Francisco Toledo”. El texto versaba sobre esa duplicidad de discurso, y decía que era como un murciélago en una noche de luna llena del cual sólo vemos su sombra o su paso por la luz, y pensamos que ya vimos al propio animal. El texto hacía notar las habilidades creativas de Toledo, y pensé que sería una buena plana. Esa noche dormí con cierta ilusión.

Al día siguiente, en efecto, mi artículo ocupaba una plana entera que era ilustrada de manera tosca, grosera para el maestro. La terrible ilustración era el cuerpo de un murciélago con la cabeza fotoshopeada de Toledo. Me sentí traicionado, herido y también temeroso. Sabía de oídas que el maestro no era muy tolerante que digamos, y que no se tocaba el corazón ni cerraba la boca ante periodistas que durante años lo quisieron vilipendiar. Nada más alejado de mi intención. Hablé con el director de Noticias, Ismael Sanmartín, quejándome de la falta de respeto al artista y a mi texto. Me hice de palabras con el diseñador sin ningún resultado. El diseñador rió y mi enojo e indignación aumentaron, pero al final de todo, conforme el día transcurrió, fui olvidando el incidente…, hasta que recibí la tajante llamada.



En la noche, cuando llegué al IAGO puntualmente, la gran puerta de madera estaba cerrada, el ventanal que ahora ocupa la tienda era la oficina del maestro, y había luz. Toqué la puerta, un guardia me abrió y enseguida una señora me condujo al patrio trasero del IAGO, que estaba casi a oscuras excepto por un foquito de luz amarillenta arriba del baño. La señora era Elizabeth Sandoval. Me pidió amablemente que esperara al maestro en una de las mesas, y así lo hice por unos 20 minutos.

En cuanto vi a Toledo cruzar el arco hacia el patio del IAGO me paré inmediatamente. Él traía en la mano la maldita plana. Pensé: prepárate para el regaño. Cuando estuvo frente a mí extendió su mano en señal de que tomara asiento, pero no me saludó. Me senté y enseguida me preguntó: Usted es Orihuela. Yo le dije que sí, con voz tímida. Él me vio como burlonamente, consideré, y me volvió a preguntar. Usted es este señor Orihuela, señalando el nombre en el periódico. Le dije que no era señor, pero que sí era quien había escrito el artículo. Volví a recibir una mirada incrédula y cuando preguntó por tercera vez le dije que sí y que si no tenía nada más que preguntarme, me retiraba. Me levanté de la silla y me dirigí a la puerta del IAGO. Toledo cambió inmediatamente. Me dijo en tono más relajado: “Ya, no se enoje”, como si hubiera estado jugando conmigo todo este tiempo. Su tono ahora era muy confiado y sin ese aire acusatorio. Incluso, era como si hubiera roto una barrera. Me dijo que regresara, que quería platicar conmigo. Regresé todo sacado de onda. Me dijo que pensó que yo era un pseudónimo y que no creía que nadie iba a ir a la cita. Que por eso estaba incrédulo. Después, me contó que hacía un tiempo él estaba haciendo una revista y quería saber si me interesaba colaborar con él y su grupo. Su grupo era la asociación civil Pro Oax, y empecé a dirigir la revista durante varios años. El último número que publicamos fue en noviembre de 2006, una cronología del movimiento civil, con ilustraciones de los moneros de La Jornada.

El maestro Toledo me permitió platicar con él muchas ocasiones con o sin grabadora, y poco a poco, la convivencia fue más sincera y frontal, más profunda.

Puedo decir que fuimos amigos, que me permitió serlo a pesar de la diferencia de edades y de la admiración que siempre he sentido por él. A veces, cuando yo estaba triste o había algo importante en mi vida para decidir, iba a su casa a pedirle consejo, me escuchaba y me daba su opinión, a veces me regañaba afectivamente, algunas pocas me felicitaba. Era un señor culto, con un sentido del humor afilado, generoso y minucioso.

Platicábamos de arte, pero sobre todo de su vida, de la vida, de la muerte, del miedo en las noches de insomnio, de cómo su familia había cambiado a través del tiempo, de sus viajes en verano desde Mina a Juchitán, de sus tías queridas en el istmo, de las visitas de sus hijas en París cuando eran niñas, del talento y rebeldía de Jero, las travesuras de su hijo más chico, y anhelo de su hija que vivía en Europa. Platicábamos de sus amores y viajes, de su padre cuando lo visitó en Europa después de su primera exposición donde vendió todo.

Fuimos a la cárcel de Ixcotel con Graciela Iturbide y Sibile, la hija de la mujer remolino, Bona Tiberteli, para visitar a los presos loxichas. Cargamos juntos una banca antigua del zócalo para protestar contra su rediseño. Echábamos carreritas para ver quién corría más rápido, plantamos árboles y a veces lo acompañaba al taller de Sandoval para verlo grabar o con Claudio y Adán cuando hacía cerámica. Nos peleamos contra el gobierno por congelar las cuentas del IAGO y nos puso (a su hija y a todos) a vender tlayudas para generar ingresos para la institución. Platicábamos de cómo mejorar Oaxaca, me recomendaba libros y pintores. Yo lo escuchaba y trataba de seguirle el paso leyendo todo lo que podía, desde los periódicos hasta historia del arte. Me recomendó que aprendiera francés y yo, como en muchas ocasiones, no hice caso. A pesar de mi admiración y cariño, siempre fui un poco desobediente, digamos, con el maestro. A veces era algo que él apreciaba, a veces era motivo de largas discusiones.

Hoy, el maestro Francisco Toledo cumpliría 80 años, y pocas cosas me gustarían más que él estuviera aquí, inquieto como siempre. Hay una parte en mi mente que siempre pregunta, ¿qué pensaría Toledo de esto? ¿Cómo sería aquello con su participación? ¿Qué le diría Toledo a estos políticos? ¿Cómo ayudaría Toledo a estas personas? Nunca encuentro las respuestas, sé que nunca las encontraré porque no habrá nadie como él…, pero me hace sentir mejor pensarlo, tenerlo cerca de mí en mi mente y recuerdos. Como una consciencia, una presencia inacabable.

Hoy, a modo de memorial, retomo algunas palabras de algunas entrevistas públicas que hice a Toledo. Hablé con él hace exactamente diez años, cuando cumplió 70, y hablábamos de si llegaría a los 80, debido a un libro de Henry Miller titulado precisamente así: al cumplir 80.

Te extraño, maestro, te extrañamos.

*Alonso Aguilar Orihuela fue Secretario de Cultura del Estado de Oaxaca. Licenciado en Ciencias de la Comunicación, egresado con mención honorífica de la Universidad Cristóbal Colón, localizada en el Puerto de Veracruz. Cuenta con una especialidad en Estudios Culturales por la Universidad Iberoamericana, en la Ciudad de México. Fue coordinador académico del Centro de las Artes de San Agustín, Etla (CaSa), donde desarrolló proyectos educativos, programas de vinculación con comunidades indígenas de Oaxaca y con artistas contemporáneos. Fue fundador, editor y director de la gaceta informativa El Jolgorio Cultural de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca. Ha sido asesor cultural del Gobierno del Estado de Oaxaca y Director del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca.

Recientemente publicó +50 Artistas Contemporáneos de Oaxaca, bajo el sello Arte Actual Oaxaca.