Es la Cultura: A Consulta Pública. Por Juan Pablo Vasconcelos

“Nadie puede estar en desacuerdo con que se consulte a la gente.

De hecho es una deuda que necesita pagarse.

Tampoco nadie puede estar en desacuerdo con que las consultas verdaderas

necesitan hacerse bien, apoyadas en la ciencia.

Pero hay otras preguntas pendientes.”

 

A Consulta Pública

(www.eloriente.net, México, 11 de noviembre de 2018, por Juan Pablo Vasconcelos @JPVmx).- Son tantas las preguntas. De hecho ésta es una selección arbitraria. ¿Qué selección no lo es? Ya para hacerla con cierta fiabilidad, se tendría que convocar a expertos, es decir, a otros seres humanos con experiencias parecidas o incluso distantes, de tal manera que ellos —ciudadanos comunes y entonces expertos en la vida cotidiana, como tú o como yo— dejaran finalmente un cuestionario redondo, dejando de lado ciertas agendas, unas descabelladas y otras teledirigidas, entregándonos en cambio fielmente a los brazos del sentido común y la sinceridad.

Ciertas preguntas sencillas:

Si es verdad que en 2030 la crisis del agua será tan grave y la disputa por el líquido será tan encarnizada que incluso podría ocasionar la siguiente guerra mundial, ¿porqué no estamos hablando de eso? ¿Qué ceguera nos impide mirar que a la vuelta de la esquina —pues 11 años no son nada—, podremos tener un robusto sistema bancario y aún un Tratado de Libre Comercio ejemplar, pero no agua para vivir?

¿Por qué nos conformamos —siguiendo con el agua— con evadir su consumo directo, en vez de exigir o impulsar que el agua “potable” sea potable?

En otros países, aunque parezca una escena de ciencia ficción para nosotros, las personas llegan a sus casas y toman agua del grifo, pues confían en las medidas sanitarias de sus autoridades. ¿Cuál es la razón por la cual permitimos el desfalco, el agravio a nuestro derecho, de tener que comprar el agua que consumimos, en botellitas de 250 mililitros? ¿Quién será el gigante que nos podrá hacer ver el fracaso humanitario que representa la compra y venta de un producto inherente a la vida de cualquiera?

Ni qué decir del asalto a la dignidad que representa nuestro transporte público. No está bien ni puede seguir siendo normal, la ausencia de unidades en buenas condiciones, ni de rutas estrictas ni de vialidades decentes. Está en juego la seguridad incluso de las y los propios conductores del transporte urbano, cuya vida corre peligro en esos armatostes, y por supuesto de los pasajeros, que despacio se han ido adaptando a la idea de que ese transporte es el único al cual puede aspirarse.

Otras ciudades cuentan con camiones bien dispuestos para personas con discapacidad, adultos mayores, aire acondicionado, conexión a internet. ¿Cuál es la razón por la cual nuestras ciudades no los tengan? ¿Se trata de un destino manifiesto, de una condición para seguir siendo lo que somos?

Hablando de ello: ¿para qué ensalzar la ignorancia, enaltecerla incluso de cierto modo, que se eligen representantes populares sin estudios?

¿Dónde están las academias de arte para nuestros hijos? Son loables y merecen todo nuestro reconocimiento los contadísimos esfuerzos privados y ciudadanos que siembran oasis en medio del desierto. Pero, ¿no es verdad que es un lugar común que solo mediante la educación y la cultura podremos lograr potenciar al ser humano que llevamos dentro? Entonces, ¿porqué todo lo demás resulta más importante que estos temas vitales?

¿Dónde están las políticas especiales dirigidas a forjar la creatividad, el arte y el espíritu crítico de las niñas y los niños?

¿Cuál es la razón por que se gastan tantos recursos públicos en eventos de pleitesía para los gobernantes más encumbrados, y muy poco en reconocer a quienes de verdad han hecho algo por su ciudad, su país, por el mundo? ¿Porqué el olvido de personajes históricos centrales y sí en cambio la exaltación de personas sin mérito?




Ni qué decir de los alimentos. ¿Porqué continuamos consumiendo alimentos cuyos fertilizantes nos están matando? ¿Acaso las razones económicas e incluso macroeconómicas son más importantes que nuestra propia sobrevivencia? Sabemos que campos de maíz, tomate y otros nutrientes básicos están contaminados. Incluso la harina de las tortillas está bajo investigación. ¿No te parece un despropósito permitirlo? ¿No estamos propiciando nuestros propios cánceres? ¿Quién es el enemigo: el cáncer o nosotros mismos?

¿Por qué si sabemos el daño que hace una mala televisión y unos medios violentos, permitimos que se les concesione el espacio radioeléctrico?

Una persona muy cercana tuvo, poco antes de morir, una necesidad urgente de ser trasladada de un hospital a otro. Para hacerlo, necesitaba una ambulancia bien equipada, debido a su condición tan delicada. Pero no la había. En kilómetros a la redonda en la ciudad, no la había. Y no creo tampoco que la hubiese en los kilómetros de territorio rural de nuestro México. ¿Porqué no? ¿Cuál es el motivo por el cual durante años, no se hayan podido adquirir equipos básicos para atender emergencias?

¿Está bien que no haya aparatos públicos para atender diálisis? ¿Cómo es posible que para atender radiaciones —ahora tan comunes desgraciadamente— solo exista un solo acelerador en nuestra región? ¿Cuántos existen en el país? ¿Por qué además de no atender el dolor, se propicia el sufrimiento de la gente?

O los medicamentos. No hay nada más doloroso en la vida que el miedo a enfermarse, por no tener cómo pagar las medicinas y tratamientos.

¿No crees que por ello a ciertos sectores los nuevos aeropuertos les resulten tan ajenos, cuando el corazón de una persona se gasta a diario tratando de comprar el medicamento de un abuelo, de una madre o de un hijo? ¿Alguien podrá explicarle de una vez por todas a las mujeres y los hombres públicos que a la gente no le importa su estilo de vida ni su bondad, sino que intenten resolver los problemas de la vida colectiva?

Estamos muriendo por enfermedades del corazón y diabetes. Los datos oficiales son consistentes. ¿Alguien está satisfecho por la educación física que ha recibido en el sistema educativo? ¿Nos damos el tiempo para cuidarnos? ¿A qué esperas cada tarde, si tienes unos minutos, para ejercitar un poco ese pulso, esos músculos que poco a poco han ido perdiendo consistencia?

El servicio de conexión a internet en México no es lento, es lentísimo, es insuficiente. ¿Porqué tolerar la ofensa de que las empresas que prestan ese servicio, lo vendan como muy veloz, infinitamente veloz, cuando en otros países nos han dejado atrás, muy atrás?

¿Porqué a veces, con el paso de los años, hemos ido olvidando las causas que nos conmovían en la juventud? ¿Nos hemos dejado convencer por “los realistas”? ¿Te has dado cuenta que por cada ilusión dejada en el camino, una tristeza a toneladas te cae sobre los hombros y te vas encorvando poco a poco, poco a poco?

¿Hasta cuando dejaremos que los demás hagan las preguntas? ¿Hasta cuándo nos realizaremos las preguntas básicas, las de sentido común, las que seguro nos hemos hecho alguna vez en la vida, pero que sentimos tan sencillas que las pensamos ingenuas? ¿Porqué dejamos de ser aquellos niños de preguntas infinitas? ¿Es verdad que al crecer uno “madura” y entonces necesita olvidarse de andar preguntándolo todo, porque las cosas son como son y no podrán cambiarse nunca?

¿Qué caso tiene andar cuestionándose sobre el agua, la salud, la cultura, la educación, la tecnología, si alguien más debe estar ocupándose de eso? Si eres gobernante, ¿has pensado que no hay razón por la cual no atender lo básico? Si no lo somos, ¿No es una locura el grado de irresponsabilidad al que hemos llegado?




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