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(www.eloriente.net, México, 12 de enero de 2019, por Joaquín Maldonado Bolaños @Joaquiomx).- La educación desde las perspectivas históricas y sociales ha ido modificándose al paso de las generaciones. Sabemos que la dichosa «EDUCACIÓN» tiene algunas acepciones que nos indican su raíz etimológica y, con base en esto, se ha tratado de definir las funciones de ésta en la sociedad.

Antiguamente la educación se valía de diversas maneras para llegar a la población. Desde el contexto histórico, la forma de transmisión de conocimiento variaba. En la Europa primitiva se empezaban a hacer dibujos en donde se cifraba la manera de ver la vida. En el Anáhuac los glifos contaban historias extraordinarias acerca de la cosmovisión indígena y su muy particular génesis. En Asia se daban las primeras muestras de escritura y sus caracteres habrían de evolucionar a lo que hoy llamamos alfabeto. En el Oriente lejano la escritura ideográfica revelaría conceptos abstractos que, hoy en día, marcan uno de las lenguas con más diversidad dialectal del planeta. Los términos Educación y Comunicación van de la mano, aunque en los últimos tiempos no necesariamente tienen que ser sinónimo.

Todo tiene un principio. La idea, en el momento de su concepción tiene una necesidad de flujo. Las vías de comunicación hacen posible que viaje a través de los diversos canales para llegar a su fin último, que es la generación de conocimiento.

La educación y el aprendizaje son inherentes al ser humano. Aprendemos aun sin darnos cuenta. Pareciera que viene un libro de instrucciones en cada célula humana y ello es lo que nos dicta qué formas de supervivencia adoptar y que llamamos instinto. Necesitamos la asistencia de los padres para poder sobrevivir y madurar. Luego nos educamos. Estamos en una carrera infinita. La educación no fenece.

Desde que somos células estamos recibiendo información. Al crecer recibimos instrucción sobre normas, valores, el lenguaje que habremos de utilizar para comunicarnos con nuestros congéneres. Esto nos permite acceder a otras vías de información. Nos educamos para una actividad que nos ha de permitir vivir. Parece un juego paradójico, pero son conceptos complementarios. Procesos educativos y problemática socioeducativa. La experiencia educativa se remueve en una constante búsqueda entre definiciones del deber, vocación, servicio, pasión… He escuchado en ocasiones diversas que antaño, la labor educativa era un «apostolado» en un intento de separarse del concepto social moderno del maestro en México.

En este afán de querer definirlo todo, hemos puesto nuestros ojos en los científicos sociales quienes nos dan cuenta de que la disciplina pedagógica se vale de otras para poder funcionar en un mundo posmoderno. Ha quedado atrás la visión romántica del maestro quien era encargado de la transmisión del conocimiento. De aquel ser cuyas respuestas estaban a flor de piel. Cuya razón de ser era la eterna sabiduría y guía de una generación ávida de herramientas vitales y vocacionales. Era cuestión de status el ser maestro. Consciente de su carácter estaba siempre en disposición para educar, conducir, transmitir normas de conducta y valores, que enseñaba a amar la naturaleza, la familia, la historia nacional y la patria. Con severidad, pero con ternura. Que castigaba los comportamientos inadecuados y consolaba a la infancia desvalida; quien se ganaba el respeto frente al grupo con voz potente y firme, pero que, al paso de los años, se convertían en entrañables, imprescindibles. Aquellos maestros no solo enseñaban. Formaban.

¿A qué se enfrenta hoy un maestro en México? En las últimas décadas ha habido un movimiento social emanado del gremio magisterial. No hay secretos que desvelar en este asunto. Tampoco es de llamar la atención el hecho de que las entidades menos favorecidas en las estadísticas nacionales en la calidad educativa sean las que encabecen dicho movimiento. Lo que sí es de llamar la atención es la poca atención de las autoridades educativas para combatir la brecha viciosa entre la visión política y la acción educativa, no digamos a gran escala, sino emprender en la región programas que vayan atendiendo poco a poco las necesidades educativas, en el entendido que el presupuesto debe cubrir en algo la infraestructura. En palabras de los educadores con formación académica, es una tarea que deben atender directamente los maestros.

Si bien, uno de los problemas anclados en el fenómeno educativo es la compra y venta a discreción de las plazas frente a grupo, con gente con poca o nula instrucción pedagógica y cuya participación gremial los conducen a la formación de generaciones alfabetizadas, pero sin conciencia; con aspiraciones a ganar lo más con el menor esfuerzo; a ser empleados, obreros, mano de obra evocando un marxismo marchito, lanzando consignas y anunciando la muerte del capitalista pero idolatrándolo en la clandestinidad. Es tarea de éstos que en estimaciones no oficiales, sino en la realidad del campo de batalla, oscila en un 40% los maestros apócrifos en servicio. No soy matemático, pero ese número me brinca. Este dato lo obtuve en una entrevista con una maestra adscrita a un centro educativo de carácter público. Tiene estudios en bachillerato pedagógico, licenciatura en Educación Especial en el área de Problemas de Aprendizaje, un posgrado en la misma área de especialización y diversos diplomados.

¿Qué sucede con el 60% de los maestros que sí se han formado? De acuerdo con algunos, quienes han invertido cuatro o hasta doce años entre la Escuela Normal Superior, especialidades y posgrados, hay una falta de acción. Los directivos conscientes del problema — que los hay —, unen esfuerzos y realizan en coordinación con las autoridades educativas, maestros, padres de familia, actividades no solo educativas, sino formativas interdisciplinares. Proyectan conferencias, ferias de ciencias, participación en actividades culturales y artísticas intramuros y fuera de los planteles, pues entienden que el mundo es diverso y hay que tener un campo de acción amplio. Esto sucede en este rezagado estado de Oaxaca; dentro de la ciudad capital, en los municipios conurbados, en comunidades alejadas, dispersas y marginadas del renovado Instituto Estatal de Educación Pública de Oaxaca. ¿No sería más decente emular estos bríos en lugar de criticarlo todo?

Por otro lado, quienes nos hemos enfrentado al reto del trabajo con niños y jóvenes, debemos sortear ciertas dificultades previas a la acción formativa. La figura del supervisor escolar es mucho más estricto en la llamada educación privada. La estructura debe estar en constante movimiento. La tarea es múltiple, pues se revisa a profundidad los planes y programas que debe entregar en ciertos períodos la dirección del colegio. Los maestros entregamos una planeación por asignatura, cada semestre, cada mes, cada semana y en algunos casos, de cada día. No estoy en contra de la planeación. Es un gran apoyo para darle cauce al programa educativo vigente. Es, incluso, una herramienta para la defensa del maestro en caso de conflicto con la autoridad o con algunos padres de familia exigentes. Es planeación. No es una receta ni un manual de instructivos, cosa que parece que no entienden muchos mentores, directivos o autoridades. Algunos sabemos que puede o no puede darse el resultado deseado en la planeación y esto tiene diversas causas. Trabajamos en grupo que a la vez lo componen individuos que están conociendo y reconociendo el entorno familiar, social, cultural que los rodea en el caso de los niños en edad inicial. En el caso de los adolescentes, están lidiando con su propia existencia y reasignación de sus deseos. Son seres humanos. No es materia prima. Son vulnerables en muchos aspectos y con potenciales diversos. Centrar su atención en un tema puede ser tarea difícil, porque hoy, la información disponible es inconmensurable.

Ya no es el maestro el que enseña, sino el que debe tener la sensibilidad de usar a su favor todo el conglomerado de medios en donde se vierte el conocimiento. Me he encontrado con instituciones que, por evitar cualquier conflicto real o imaginario, prefieren la restricción, censura, coerción en sus aulas. He encontrado argumentos como «hay que prevenir una demanda, enfrentamientos, conflictos». Prefieren hacer un decomiso de dispositivos electrónicos para que los muchachos no tomen fotos y los cuelguen en las redes sociales en contra de los maestros. No hay una integración de las tecnologías en el ámbito educativo y formativo. Hay miedo. No hay ideas renovadas. No hay creatividad. Los mismos maestros que restringen el uso de la tecnología tienen como alter ego a «video blogueros» que repiten sus argumentos que, por falta de profundidad, rayan en la moda. Los comentarios en clase se desvían a la tendencia cibernética y no a las ideas.

Sé que puede haber justificaciones para cerrarse. Sin caer en la idealización, creo que el grupo de alumnos, la diversidad de individuos que nos toca atender no son el enemigo. Son decenas de oportunidades de crecimiento en conjunto. Nos han enseñado a competir, a crear estrategias para dejar atrás al otro para sobresalir nosotros a costa de lo que sea y de quien sea. Se dice que en la guerra y en el amor todo se vale y nos valemos de artimañas para ganar la batalla. La beligerancia es la constante. No hay discursos de paz. El individualismo que, por paradójico que suene nos conduce a ser masa, a seguir dictados de líderes empoderados por la masa. El modo creativo tiene múltiples rostros. Centremos la atención y no caigamos en tensión. Lanzo otra pregunta: ¿Problema de quién es el que seamos un país mediocre?

En México tenemos la idea de que somos un país democrático. Esto es verdad político, mas no en el fin ni en la práctica. No se puede decir que el nuestro es un gobierno soberano, laico y moderado cuando el partido en el poder es una parecida a la iglesia. Las estadísticas muestran una institución dogmática realidad seccionada de la calidad educativa. Mientras las cifras aumentan cada año en cuanto a los recursos destinados a la educación, el nivel de aprovechamiento de la población va en sentido contrario. Ello parece referir que la cifra tiene que seguir aumentando para que la estadística haga lo propio.

No es mejor la lucha gremial magisterial que se realiza en las calles que en el aula. Si no hubiera afectación en la ciudadanía, la misma sociedad aportaría apoyo para el gremio. La sensación generalizada es que la lucha magisterial ya tiene arraigo, que ya es normal que cada año haya marchas multitudinarias en fechas específicas: 1 de mayo, 15 de mayo, 14 de junio, 26 de septiembre, 2 de octubre, 2 de noviembre, 1 de diciembre y, que en el resto del año haya marchas aisladas, protestas ad hoc, de acuerdo con la situación social y económica del país o de algún acontecimiento mundial de constitución social. Atrás quedó Tlatelolco, Atenco, los Ferrocarrileros, etc., hoy es Muertas de Juárez, ABC, SME, Tlatlaya, Ayotzinapa, imposición, gasolinazos. El calendario se mueve y el gremio se moviliza.

La maestra en lucha es por la supervivencia en el aula, por aportarle lo mejor de sí a los estudiantes, a que cada uno vaya con la consciencia movida por encontrar en su entorno algo que le permita sentir empatía por la realidad social imperante. Aquí en Oaxaca, la simulación se expresa y se define en función de lo que los grupos de poder dictan. El estado de Oaxaca se jacta, por mucho, de ser una entidad cultural. Sabemos de sobra las manifestaciones que se dan en torno a lo endémico, a la tradición, las lenguas y sus variantes, costumbres y un etcétera amplio y definitivo.

En el siglo XX la necesidad es de producir campos de acción al moverse el paradigma de lo real, es decir, hay otras formas de permanecer en lo que conocemos por realidad. ¿Qué es una existencia real? El proyecto de civilización de occidente. El corte de la modernidad a la posmodernidad. La modernidad crea el centro del sistema… el texto…. La posmodernidad rompe con el texto. Mientras que en la modernidad, nuestro anhelo es el de definirlo todo, incluso hasta aquello que es abstracto, en la posmodernidad nos saltamos las barreras de lo establecido. Posmodernidad: desarmar, deconstruir, desorganizar. El arte en el siglo XIX tiene una función particular está trenzado en dos conceptos del imaginario: la evolución y civilización. El arte es el vértice de la evolución. Como punto de partida es Europa, al colocarse en el punto álgido de la civilización evolucionada occidental. Es la época de la conformación, de los cánones en toda materia, desde el ámbito artístico hasta el político. Esto representa la parte más evolucionada y civilizada de la sociedad. En el mundo posmoderno, tanto el canon como el concepto mismo de civilización empiezan a colapsar. Por ejemplo, en la concepción moderna del término Estado Nación, la idea colectiva es que había que restaurarlo, emanciparlo. Razón por la que en el siglo XIX se dieron tantos cambios en los regímenes en los estados totalitarios, de revoluciones violentas y contrarrevoluciones cruentas.

La gran obsesión dentro del arte es la representación. La estética occidental recae en la representación. En los primeros siglos de nuestra era la idea de representación estuvo presente en los ritos cristianos que dio fundamento a la fe que en Latinoamérica se sigue profesando. El ministro católico sostiene su paternidad, jerarquía social en el poder divino de consagrar. En la eucaristía se evoca el pasaje bíblico en donde se hace una representación sempiterna de la última cena de Jesús con sus discípulos. Siempre el sacerdote alude esa parte de la misa como la más importante, como el alma de la celebración pues repite fidelísimamente las palabras escritas en su libro sagrado cuando parte la hostia que, a su vez, representa el pan y el cuerpo de Jesús. Invita a los fieles a compartir de ese trozo así como el vino y a gua que representa la sangre vertida en la cruz de ese cuerpo muerto divino.

En mi formación familiar no estuvo presente la fe. No es por falta de ésta, sino la idea de fe dogmática vertida de la iglesia. Más bien se nos inculcó el respeto por las personas, a nuestra integridad, a seguir con las normas de nuestro micro cosmos y la consigna de que, en cada uno, está la posibilidad de evolución. De hacernos cargo de nuestra propia ideología en concordancia con la convivencia con el otro. Alguna vez trabajé en un colegio católico y con asiduidad hay celebraciones de este tipo dentro y fuera de sus instalaciones. Me llama la atención el cuidado con la que se prepara el previo. El párroco es aguardado por el personal encargado de la organización de cada misa. Una vez llega, es acompañado hasta el espacio llamado sacristía para que, manual en mano, se vaya caracterizando. Llamo manual al libro que se llama Misal Romano. Allí se define día a día qué tipo de celebración es, si acaso es parte de una fecha importante dentro del canon de la iglesia católica, el color de cada día con el que debe vestirse el altar como el sacerdote. El tipo de vestimenta es crucial. Lleva una túnica blanca llamada o alba sotana ceñido con un cordel de fibra de algodón blanco generalmente, sobre el alba se coloca el ornamento que se llama casulla y si fuera una fecha formal, se coloca una estola para darle mayor solemnidad. Los alumnos son conminados a repetir un cántico de entrada y el párroco, una vez terminado saluda y los bendice. Recita un texto y lee de vez en cuando aquel libro. Alguien del público va hacia el ambón, que es un pódium y lee algún pasaje de la biblia. Al término de ésta, los asistentes repiten una frase. En seguida viene la homilía donde platica y hace recomendaciones. Es una intervención libre. El clímax de tal representación es justo cuando consagra las hostias que se reparten a los estudiantes-fieles y hace la mención más sagrada de la eucaristía. Para los fieles aquello no es una representación. Es el cuerpo y la sangre de Jesús. La reciben y la comen, en conmemoración a su pasión y muerte.

¿Bajo qué principios se determinan los valores de una sociedad? No quisiera redundar y mucho menos con preguntas constantes cuando se supone que es desde la óptica de una postura crítica que debe tratarse este tipo de temas. Quizá haya sido demasiada tinta la que ha corrido en relación a la educación en México, desde la implementación de programas hasta la reforma educativa y los manejos de los grupos sociales que se vierten desde los sindicatos, así como el papel de la sociedad en este asunto. Dejamos como actores principales a los mentores, que deben ser quienes atienden esta responsabilidad. Estamos viviendo un período en donde justamente estos valores se exacerban a niveles ridículos. Nos preocupa la inclusión de los grupos históricamente relegados como los negros, mujeres, niños, homosexuales, ancianos, indígenas, etc., y tratamos de que se acomoden en este mundo globalizado y posmoderno. Les llamamos personas de color, los discursos públicos nos cuidamos de decir «las y los» en un ataque a la lengua, que en el peor de los casos, no importa. No hacer tal inclusión puede hacernos caer en el más imperdonable sexismo, machismo del idioma. El atentar contra los grupos vulnerables con violencia lingüística es casi tan grave como la física, como el racismo. Nuestro comportamiento social está cayendo en la forma, en cómo se ve y se escucha a realizar un verdadero proceso de evolución. En las calles, los manifestantes inconformes con el sistema no se cansan de anunciar la revolución del siglo XXI. Líneas arriba ponía el ejemplo del adoctrinamiento por antonomasia. Ese proceso anagógico de la fe y la espiritualidad. Un par de milenios han servido para reivindicar una y otra vez esas formas de dominación social. De control sobre la masa que fluye en dirección de la cada vez más real institución. Un día pregunté a mis estudiantes de bachillerato sobre el papel que juega la escuela y el de los estudiantes en esta época. Su respuesta fue clara y predecible: la escuela está para educar y los estudiantes para estudiar y recibir la educación. Hubo alguno un poco más despierto que dijo que a lo que va un estudiante a la escuela es a jugar, a conocer chicas de la edad y a relacionarse. Comenté que si acaso hubiera algún atisbo de realidad en los primeros planteamientos, el papel de cada individuo estaría sujeto a un papel activo en lugar de esa pasividad que le otorga su rol de educando. Sostuve que, efectivamente, el punto de interés por parte de los estudiantes no es el de estudiar. Sino el de relacionarse con ese entorno cómodo inmerso en uno hostil y demandante. Si estudiar fuera la constante de un estudiante, se aprovecharía al máximo cada recurso, incluso aquel que no tiene que ver con la escuela como lo e s la internet. El papel de la escuela es histórico. Es de adoctrinamiento. El estado se vale de la escuela como un medio para su legitimación y emancipación. En México sufrimos lo que los pueblos levantados por una revolución. Barbarie social. Concuerdo con el poeta chileno recientemente galardonado con el Doctorado Honoris Causa por la universidad de Alicante, Raúl Zurita cuando sentencia: «Un país que emerge de una dictadura es bastante detestable».

Nuestra escuela enarboló la bandera de la revolución, de la evolución social. La sagrada Revolución que nos dio un partido de estado con Instituciones Revolucionarias. Lo pasivo y lo dinámico en una fórmula paradójica. Nunca un oxímoron se ha perpetuado tanto tiempo.