México tiene una duradera deuda con el poeta chiapaneco Jaime Sabines. De alguna manera, él ha ayudado a modelar las letras mexicanas y, por otro lado, a construir el espíritu lírico de millones.

Por eso, recordarlo es siempre una celebración. Lo hacemos con el video del histórico recital que brindó en el Palacio de Bellas Artes y poniendo a disposición pública gracias nuestra UNAM un material de lectura publicado con el afán de que lo lleves a casa y reconstruyas con él las imágenes de una vida.

El texto a continuación es de José Joaquín Blanco, introductoria de aquella selección mencionada.



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Nota Introductoria

El lector se encuentra frente a un extraordinario y logradísimo caso de poesía brutal. Al leerlo, si es honesto consigo mismo, no podrá decir que le “gusta” (¿o el espectáculo de un semejante que se desgarra es cosa para disfrutar?), ni que lo ha comprendido, pues sólo temperamentos excepcionales, y aun ellos sólo en momentos excepcionales, son capaces de una desesperación tan recia y de una ternura tan profunda.

Tampoco podrá decir que lo ha leído literariamente, pues esto no es Literatura, en el sentido civilizado que nos lleva a escribir (reflexionando, borroneando, calculando las expresiones para mejor comunicarnos) en un deseo de conversar con el lector. El propio Jaime Sabines acepta, en dos versos que fincan la credibilidad del poema, lo excepcional de su intento: “Me avergüenzo de mí hasta los pelos por tratar de escribir estas cosas”. La grandeza humana de este poema nos exige diferenciarlo de algunas irresponsables escuelas literarias modernas que, para escaparse del deber de la razón, han hecho una retórica de la rabia y de la carnicería; con poetas capaces de pasarse el día escribiendo de ganglios, llagas y escupitajos, como si escribieran de cualquier cosa. En Nuevo recuento de poemas, que reúne la obra completa de Sabines hasta la fecha, el lector desgraciadamente encontrará varios malos poemas que se someten a tal retórica; pero también muchos, como este que tiene entre sus manos, o Doña LuzJulito, e incluso algunos fragmentos nobles de Tarumba, que dicen exactamente lo que lee, aunque tal intensidad no sea muy frecuente ni en la vida ni en la poesía.

Algo sobre la muerte del Mayor Sabines es una lectura desagradable y dura: la brutal descarga con que un hombre doliente arremete con todas sus fuerzas contra alguien (el lector) después de resistir hasta el fondo la muerte de su padre. No sólo ver morir, sino comprometerse tanto en la muerte ajena que también se pudren muchas cosas en la vida propia. No es, pues, un texto literario que nos invite a conversar con él; por el contrario, se nos impone, nos golpea, y el lector debe ponerse en guardia: endurecerse, no conmoverse, resistir el poema como el golpe de un amigo desesperado. Es una experiencia extrema de crudeza radical, un “alimento de los fuertes” y para momentos de gran fortaleza. Las consecuencias de la lectura serán posteriores y acaso perdurables, y nada tienen que ver con una momentánea complicidad sentimental que le permita al lector falso consumir a salvo la intensidad ajena.

Escribo lo anterior porque me parece extraño que este poema sea uno de los más populares de la literatura mexicana contemporánea; lo justo, en mi opinión, sería que fuese uno de los más impopulares, de los menos leídos —y sobre todo: de los menos releídos. Sospecho que muchos lectores no leen el poema sino “metáforas”, que en lugar de arriesgarse a su dura experiencia extraen de él lo que no tiene: retórica, sentimentalismo, surrealismo; como en los grandes almacenes usan a Vivaldi para que el cliente escuche y sienta ganas de comprar más, o como los académicos extraen tesis doctorales de los libros de Nietzsche. Sólo los atrevidos y los desesperados pueden estar bajando con Dante al infierno a cada rato o leyendo y releyendo cosas desgarradas; los falsos lectores leen “metáforas” o cualquier otra cosa, y sólo las sociedades mentirosas pueden hacer popularísimos los textos que precisamente las exponen crudamente. No en todos sus poemas, pero sí en varios, y sobre todo en éste, las palabras de Sabines son de a deveras. Y es necesario leerlas de a deveras. Si uno corrompe o falsifica sus lecturas se está corrompiendo y falsificando a sí mismo. Ante un texto tan radical como éste, el lector puede tirarlo, asumirlo o posponerlo, pero no pretender que se trata de otra cosa. El lector tiene entre sus manos un libro en que un hombre profundísimo se desgarra sin metáforas. Si le gusta ver desgarrarse a la gente, allá él. Si es irremediablemente ciego o no le importa, asunto suyo. En cambio, si se atreve a leerlo con la rabia, la ternura, el rencor y la extraordinaria pasión con que está escrito, sabrá que es una experiencia única, que muy bien no quiera agotar y con honestidad perfecta deje apenas comenzada, o que no quiera repetir; o bien, si es lo suficientemente fuerte, que le revelará profundidades propias de las que tendrá que hacerse responsable. Este poema no tiene la cortesía ni el pudor de la literatura civilizada; es un golpe bárbaro. Y desciviliza el interior del lector, agriándolo, desencantándolo, y mostrándole un modo excesivo, acaso suicida, de sentir las cosas y los seres que, por cotidianos, creíamos inofensivos. Pero este modo excesivo que aquí alcanza su abismo lúgubre, también tiene sus recompensas: en otros poemas de Nuevo recuento el lector podrá gozar, con la profundidad adquirida, de los aspectos amables de la vida familiar, amorosa, amistosa, del convivir con uno mismo, de la nobleza y la limpidez, también en grados muy superiores a la emotividad convencional a la que nuestra sociedad mercantil nos tiene acostumbrados.

José Joaquín Blanco
(1982)