La muerte de Teresa Carmona, por Eva Bodenstedt

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La Pirata del Oriente, por Eva Bodenstedt

La muerte de Teresa Carmona

Miércoles 17 de febrero, 05:00 am. Una flama inmensa se extiende dentro del patio de la casa de una de las primeras habitantes de Mazunte, la comunidad que nació como una ranchería en los años sesentas en la costa sur del estado de Oaxaca, México.

Doña Teresa Carmona llegaría aquí de unos cinco años con sus padres, y se establecería en el lugar que décadas después, se transformó en la esquina más transitada del ya demasiado famoso punto turístico al que llegan cada segundo que pasa, más personas, mismas que buscan quién vende para comprar aunque sea un mínimo lote y levantar en él su futuro hogar o negocio. Desde su silla, ubicada al lado de la entrada de su tienda, Doña Teresa veía a quien llegase y se fuese del pueblo, como una vigía; en el mismo lugar, el pasado dos de marzo se le veló como la segunda víctima de un trágico accidente de gas que llegó a donde las veladoras iluminaban a las Vírgenes y Santos para transformar el espacio en un infierno y ocasionarle la muerte a ella y a Doña Petrona López, originaria de Chiapas el día tres. La primera víctima, la nuera de Doña Teresa, de 18 años, moriría el lunes primero, dejando atrás, con quemaduras también graves, a su hija de 10 meses de edad, misma que sigue siendo tratada en un Hospital de la Ciudad de México.

Sin miedo al Covid-19, sí con cubrebocas la mayoría, se llevó a cabo una misa en la iglesia del pueblo. El Cristo Negro San Esquipulas, -que llegó según testimonios a finales de los años ochentas de Guatemala-, fue nuevamente testigo de un evento triste en el que se le aplaudió con perplejidad, dolor, y una sensación de que lo sucedido es inconcebible, a la mujer que aún no cumplía los 60 años y no tenía porqué morir, menos de una forma tan brutal. La gente llorábamos mientras dentro del sarcófago el cuerpo de la mujer hermosa y muy coqueta en sus buenos años, alegre, amable y emprendedora, ya no era portadora de esa alma que desde la madrugada de la tragedia, dejó un vacío amargo y definitivo en la comunidad. Más aplausos surgieron voluntarios mientras los mariachis le daban el adiós y su última nave era sacada en hombros hacia una camioneta que la llevaría al cementerio andando a paso lento con la caravana de vecinos de todas edades que con flores en las manos, la acompañaban a su última morada. Perplejidad en los ojos de su hija Guadalupe y también la no aceptación en tantos más que ahogan en el silencio la sensación sin nombre que no cobija, que desnuda, que desgarra, que al final comenzará a amoldarse en los cuerpos del luto dentro del tiempo que marca sus ritmos en cada alma de forma diferente.

No hay palabras que signifiquen algo en esos momentos. Si del otro lado, por ejemplo, en la radio, donde se aborda este hecho para prevenir los accidentes ocasionados por las fugas de gas LP, que –explican-, se esparce a ras de las superficies en espera de cualquier chispa para encenderse; piden no tenerlo a menos de tres metros de la estufa, y nunca en lugares en donde por un sismo, se caiga, se suelte de sus mangueras y ocasioné la fuga que al llegar, -como dicen que sucedió en casa de Doña Teresa Carmona-, a una lumbre encendida o a una chispa, de suceder, quemará todo a su paso.

Las noticias siguen su camino, se informa que una ballena de siete metros varó en la orilla de playa las Garzas, en la Barra de Copalita. La intentan enterrar, aún cuando la razón de su muerte, se desconoce. ¿Tiene acaso toneladas de plásticos adentro de su cuerpo? Y si los tuviera, ¿habría o hay un posible cambio en nuestras acciones para impedir que las muertes injustas se sigan dando?