El país personal, por Juan Pablo Vasconcelos


Es la Cultura

“¿Cómo es el México que tienes en la mente? ¿Cuál es su carácter, su paisaje, sus matices,

las situaciones que te hacen amarlo o rechazarlo, entenderlo, desearlo?

Así como lo comprendes en tu ser, así es tu país”.

El país personal

Juan Pablo Vasconcelos

@JPVmx

El día tiene 24 horas. Pero el día no es el mismo para todos.

Hubo un tiempo en que generalizar fue un buen negocio: uno pensaba que el paisaje de la sierra poblana, por ejemplo, le tendría que gustar a cualquier persona. Con su niebla avanzando desde la siete y los pequeños tendejones ofreciendo pan como una tibia fraternidad. Hasta que llegó un día en que una compañera de la universidad me dijo que ningún lugar era tan oscuro y provinciano como ese.

A mí no logró convencerme. Siempre prefiero esos sitios a ‘los otros’, rebosantes de avenidas y ruidos motorizados.

Pero hubo dos o tres amigos a quienes sí impresionó con su desdén y cancelaron una futura excursión. Inclusive, hasta ahora, veinte años después, aún se han privado de esa rústica experiencia montañosa.

Pero podría ser Puebla, el Golfo de la Baja California, Xcaret, Monte Albán. Siempre encontraremos a alguien alérgico a las ballenas grises, a los cenotes sagrados, a las escalinatas excesivamente inclinadas. Y también los habrá fanáticos amantísimos, coleccionistas de souvernirs, personas que fijan la foto del Cañón del Sumidero al atardecer en la pantalla de sus móviles y que activan el aparato con frecuencia, solo para recordar la sensación producida en su interior por ese rincón del mundo, distante pero entrañable.

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Supimos pronto, luego de las destructivas andanadas de septiembre pasado, que tampoco la conmiseración tiene afectos uniformes e infalibles.

Muchachos que se escabullían por entre los edificios colapsados para hurtar los objetos perdidos, las joyas sepultadas, aún los aparatos electrónicos sobrevivientes. Al mismo tiempo, otros muchachos escarbaban con los ojos punzantes entre el polvo, deseosos de encontrar el indicio de una vida.

¿Qué tienen en la mente unos y otros?

¿Cómo es que habiendo nacido en el mismo territorio —posiblemente sean hasta hijos de la misma madre— resulten tan opuestos y tan iguales a la vez, como los dedos de la mano izquierda y la derecha que, si los miras de cerca, ejercen funciones completamente distintas en la brega cotidiana?

¿Qué tienen en mente en asuntos relacionados con la compasión y la solidaridad?

Cualquier respuesta sería una suposición o un juicio. Ambas, seguramente erróneas.

Ninguno de nosotros puede sondear en la mente de nadie. Ninguno puede creer que mira, piensa, quiere, decide, ‘como si fuera el’ o ‘como si fuera ella’.

“Si yo fuera tú —le decimos con cierta autoridad y condescendencia al amigo que sufre—, ya le hubiera dejado desde hace mucho tiempo”.

Pero como no lo somos, el camarada a quien presuntamente aconsejamos se va casi siempre por la ruta opuesta, haciendo lo que nosotros no haríamos, tropezándose con los obstáculos que nosotros sí vimos, y quizá —ojalá así sea en la mayoría de los casos—, siendo más feliz, intensamente más dichoso que nosotros, los sabios omniscientes y jueces preclaros que queremos ponernos en zapatos ajenos y siempre fracasamos.

 

Por eso, el mismo día no es el mismo día para todos. Tampoco el mundo, lo bello, la expresión de la amistad, la ambigua pobreza.

Cada quien llena de sentido su contexto y su tiempo.

 

 

También su país.

De alguna manera, cada uno (o una) se construye su país personal.

Ya se lo confió el premio nobel Kazuo Ishiguro a Hernán Lara Zavala: “Cuando empiezo a escribir tengo en mi imaginación un mundo rico y distante que no existe en la realidad. Se trataba de crear mi Japón, mi Japón personal, un paisaje narrativo en el que podía plasmar todo tipo de inquietudes”.

Se puede optar.

Aún no ejerciendo como escritores, podemos optar. De hecho, optamos. Cuando decidimos hacernos la vida imposible y pateamos la piedra; cuando ponemos en la radio un programa desechable y sentimos desprecio porque a pesar de saberlo, estuvimos allí, desperdiciando nuestro tiempo y haciéndonos un poquito peores mientras escuchamos las mismas cantaletas ruines.

Optamos, si queremos descubrir el mundo pero decidimos quedarnos. Nos gana la comodidad del sofá y el pretexto acostumbrado: “todo será diferente cuando cambie de empleo, con tiempo y dinero”.

También optamos cuando se nos revela el talento de un desconocido por la calle. Hace un par de días, por ejemplo, encontré un guitarrista eléctrico de estilo extraordinario. Tocaba en un mercado público alrededor de las once de la mañana. Le di las gracias por el momento. Y él también me las dio, “por haberse dado la oportunidad de escucharme”, me dijo.

Estar dispuesto a señalar al extraviado lo que busca, también lo es.

Perdido en un pueblo lejano, me había cansado ya de buscar la referencia que me habían dado para llegar a mi destino. Un huizache, “que seguro encontrará cien metros abajo”. De pronto, llegó un hombre mayor (Gregorio) a rescatarme. Generoso, aún sin poder caminar demasiado, se ofreció a llevarme hasta el árbol personalmente “porque no me cuesta nada, todos necesitamos de alguien más alguna vez en la vida”.

Se puede crear el país personal con lo que tu decidas.

Sangre, orquídeas, insultos, paciencia, astringencia, comprensión, amor rojo, palabras o mordazas, cañadas, himnos, entonaciones, proclamas, empujar, ceder, acertar, amor multicolor, raíces, poesía en las paredes antiguas, poesía en el dolor de los hijos huérfanos, allí y en su soledad como destino, águilas, avenidas, maquinarias, obreros, albañiles que por las noches estudian piano, jaguares, mitos, mentiras, grandes visiones, dormir con tecnología, despertar con tecnología, con el puño cerrado, con la mano abierta, esperanza, hecatombes, predicciones, nostalgia, brechas, luces apagadas, fuego, muslos, alegría, indiferencia, cines, hierba, miradas.

Tu país en tu mente.

Esto es así.

El milagro, el verdadero milagro, es que alguien más tenga algo parecido a tu país, en su propia mente.

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