André Comte-Sponville, Licencia CC.

Mensaje pronunciado durante la recepción del Doctorado Honoris Causa, otorgado por la Universidad Autónoma del Estado de México, en la Casa de México en Francia.*

Filosofar es pensar en nuestra vida y vivir nuestros pensamientos. No es más que un ideal, imposible de lograr en lo absoluto: en la vida siempre nos enfrentamos a lo impensable y no siempre vivimos todo lo que pensamos. Sin embargo, esto indica una dirección, una concepción particular de la filosofía.

Sócrates tomó prestada una frase del Templo de Delfos: “Conócete a ti mismo”, concepto que desemboca en la búsqueda de cierta sabiduría (filosofía: amor a la sabiduría), la máxima alegría posible, con el máximo de lucidez. Se trata de pensar mejor para vivir mejor.

Después surge un planteamiento francés, que nace con Montaigne en el siglo xvi y termina con Descartes y Pascal en el xvii. “Es a mí a quien pinto –decía el primero– yo soy el objeto de mi libro”. Todos, aunque de maneras diferentes, retomaron la visión de la filosofía en primera persona, con los medios literarios para expresar una subjetividad filosofante. Lo anterior explica por qué es muy raro que la mayoría de los grandes pensadores franceses, comenzando por los tres anteriores, más Voltaire, Diderot, Rousseau, Maine de Biran, Bergson, Alain, Camus, Sartre…, sean también grandes escritores.

Basado en los griegos y los franceses, mi filosofía es materialista, al estilo de Epicuro; racionalista, como la de Spinoza, y humanista, a la manera de Montaigne.

¿Qué es el materialismo? Ustedes saben que la palabra tiene dos significados, uno trivial y otro filosófico. El primero es no tener ideales, vivir sólo para los placeres materiales; esa no es para nada mi postura. Por el contrario, es pensar que todo es materia o producto de la misma; no existe lo inmaterial. El que piensa en nosotros no es un alma o un espíritu inmaterial, sino un cerebro, mucho más complejo, pero amigable como el hígado, el corazón, los pulmones o cualquier otro órgano.



Esto tiene una implicación importante: si es el cerebro en mí el que piensa, entonces yo soy mi corazón. Un idealista afirmaría “no, yo no soy un corazón; yo tengo un corazón”, así como puede tener cualquier otra par-te. Pero si, al igual que yo, dice: “yo soy un corazón”, esto significa que la desaparición de éste también implica la del cerebro. Y es por ello que tiene una dimensión clásica dentro de la tradición materialista.

¿Tenemos que renunciar a toda vida espiritual? ¡Para nada! ¿Qué es el espíritu? Poder pensar, querer, amar, contemplar, reír; este poder en cada uno de nosotros es indiscutible: el espíritu es el cerebro en acción, así como el cerebro es el espíritu en poder. ¡Sería una lástima que sólo sirviera para hacer operaciones matemáticas o crucigramas! En pocas palabras, mi objetivo era proponer una concepción materialista de la espiritualidad y, en ese tenor, reconectar con la sabiduría de Epicuro, al igual que la de Spinoza, aunque un poco más elevada.

En contraste, ser racionalista, como lo vemos en la obra de Spinoza, es pensar que todo es explicable, al menos en teoría, por la razón; por tanto, lo irracional no existe. Es importante distinguir lo racional de lo razonable. Tomemos como ejemplo el pánico. Cuando hay un incendio, la gente se precipita hacia la puerta y termina carbonizada, lo cual no es razonable porque si no lo hubiera hecho quizá no estaría muerta. El pánico no es razonable pero es completamente racional. Lo mismo sucede con la locura; tiene causas y se pueden explicar, de lo contrario, no existiría la psiquiatría.

Entonces, el racionalismo es pensar que no existe lo irracional, aunque evidentemente existe lo irrazonable, pero se explica de manera racional. También significa ser fiel a la ilustración y no al oscurantismo ni al fanatismo, siempre amenazantes.

Respecto al humanismo es importan-te aclarar que no es el hecho de “creer en el hombre”, como si fuera un dios; no es tampoco celebrar su grandeza, porque, al final, la experiencia que tenemos es que es capaz de lo peor más frecuentemente que de lo mejor. El humanismo que hago mío es el de Montaigne, el de la misericordia. No se trata de creer en el hombre ni de adorarlo, sino de perdonar. Es la voluntad de “actuar bien y debidamente” como decía Montaigne, es hacer lo mejor de nuestra humanidad haciendo lo que nos toca. En el humanismo práctico más que el teórico, el metafísico o el especulativo, el hombre no es nuestro Dios, sino nuestro prójimo; el humanismo no es nuestra religión, sino nuestra moral.

Finalmente, ustedes saben que me defino como ateo fiel y sin dogmas. ¿Por qué ateo? Porque no creo en ningún Dios. ¿Por qué ateo no dogmático? Mi ateísmo no es un saber (nadie sabe si Dios existe o no), sino una creencia. Si se encuentran a alguien que les dice: “Yo sé que Dios no existe”, entonces no es un ateo, es un imbécil. La verdad es lo que no sabemos. De la misma manera, si alguien les dice: “Yo sé que Dios existe”, es un imbécil que tiene fe y que, tontamente, toma su fe en lugar de un saber. Yo no sé si Dios existe o no, pero estoy seguro de que agnóstico no soy.

Aun con todo lo ateo que soy, sigo prendado a cierto número de valores –humanos, morales, culturales, espirituales– que emanan y han sido transmitidos durante siglos por las grandes religiones, en especial, ya que es mi historia, y, por lo tanto, la nuestra, de la tradición judeocristiana. No es porque sea ateo que voy a escupir sobre dos mil años de civilización cristiana, e incluso sobre tres mil de civilización judeocristiana. No es porque no crea en la resurrección de Cristo, que me rehusaré a contemplar lo grandioso –humano, moral, espiritual– de su mensaje. La fidelidad es lo que queda de la fe cuando esta se ha perdido, y es por ello que se convierte en un asunto primordial para el destino de Occidente. Es lo que permite que podamos comulgar todos –creyentes y no– en esos valores que han contribuido a construir nuestra civilización. Todo esto es lo que ha labrado mi camino; es mi batalla.



*Publicado originalmente en Revista Universidad Uaemex . Licencia CC