Pueblos negros, por Joaquín Maldonado

El marginalismo o la forma de estar al margen del desarrollo del país, el no participar en el desarrollo económico, social y cultural, el pertenecer al gran sector de los que «no tienen nada» es particularmente característico de las sociedades subdesarrolladas. No solo guardan éstas una muy desigual distribución de la riqueza, del ingreso, de la cultura general y técnica, sino que con frecuencia —como es el caso de México— encierran dos o más conglomerados socio-culturales, uno súper participante y otro súper marginal, uno dominante —llámese español, criollo o ladino— y otro dominado —llámese nativo, indio o indígena—.

     – Pablo González Casanova.

(www.eloriente.net, México, 1 de febrero de 2019, por Joaquín Maldonado @Joaquinomx).- Al realizar la búsqueda documental en archivos, libros, documentos físicos, electrónicos y artículos en internet me pude dar cuenta que existen muchos, muchísimos pueblos que, a través de los años —algunos han luchado siglos— ejercen una actividad férrea, constante por la búsqueda de su reconocimiento. Prácticamente en cada continente un grupo o varios, enarbolan blasones en franca lid para asomar el rostro, para ser reconocidos por un mundo que mantiene los ojos, los oídos y los brazos obstruidos.

En este país que me tocó en fortuna nacer, múltiples expresiones de lo anterior se han dado desde la conformación misma de diversas culturas. Las llamadas culturas milenarias desaparecieron o fueron conquistadas por otras naciones. La mayor información que existe al respecto es la del mito fundacional del pueblo mexica. Los estudiosos llamaron «imperio mexica» al antiguamente pueblo náhuatl que llegó de Aztlán en busca del numen y señal divina. La imponente águila real, que surca el cielo del Anáhuac como único dueño es quien resuelve para siempre el destino de este suelo. En el nombre de esa ave, los dueños de tal destino sometieron a vasallaje a poblaciones autónomas, impusieron costumbres o se las adjudicaron. Llegaron a adoptar lengua, nombre y rostro de aquella civilización que tenía «mejor historia».

Ante la apropiación de la cultura o rapiña cultural, encontraron la vía para la emancipación propia a costa de la sometida. Esto no solamente aplica para los pueblos amerindios, sino en distintas épocas, los pueblos del mundo fueron adquiriendo formas que sostenían su hegemonía.

En occidente, tanto los imperios cobijados por la iglesia como los reinos menores o incipientes buscaron la manera de hacerse del territorio y de la cultura ajenos. Las cruzadas o guerras de conquista llevaron a unos cuantos reinos a apoderarse de medio planeta. Ya en pleno siglo de las exploraciones, los portugueses, castellanos, ingleses, franceses, se disputaban no solamente el territorio, sino los océanos para ir más allá de sus dominios. Hoy, en el continente americano, los fundadores del nuevo mundo se debaten entre el cielo y el infierno de la historia. Unos y otros se vuelcan en héroes y villanos. Fundadores y, al mismo tiempo opresores y exterminadores de culturas milenarias son marcados por la ignominia y los maldecimos en su propia lengua.

Oaxaca es una entidad que conserva aún mucha de esa cultura milenaria a pesar de los esfuerzos institucionales por desaparecerla, todo en nombre de una república liberal y nacional. Oaxaca es un estado cuya profunda raíz indígena es ejemplo de resistencia. Oaxaca, que pertenece a una región geográfica privilegiada en recursos, lo es, también en sentido contrario si hablamos de distribución de la riqueza en una nación racista por excelencia y por herencia. Los ciudadanos mexicanos del siglo XXI tenemos en la sangre, el tono que hace la mezcla cobriza, blanca, algo de amarilla y negra. Esta fusión cromática hace que la nuestra, sea una identidad esquizofrénica, que no sepamos a ciencia cierta qué somos, de dónde venimos y si acaso, tengamos destino. Es por ello que nuestra labor, como gestores culturales sea la de conocer, de rascar, de escudriñar eso que llamamos identidad cultural.

Tenía muchas ganas de que este texto fuera un relato, como los que antaño se contaban en tertulias ancestrales alrededor de una fogata. No puedo dejar atrás mi esencia de juglar que, se apropia de las historias de los pueblos para contarlas. Soy un contador de historias cuya ansia es la de dar a conocer y divulgar nuestro pasado, de que esos personajes que fundaron mi casa y el piso que me sostiene vuelvan a la vida a través de la palabra y del relato. Haré el intento por reprimir la retórica para ser objetivo.

Estoy cierto que toda la humanidad tiene derecho de conocer su origen, aunque ese origen se torne en plural. Es esta la justificación para hablar de la lucha por el reconocimiento de lo que hoy llamamos raíz afrodescendiente. Considero que esta raíz marca de manera fehaciente el rasgo que he descrito líneas arriba: el de intercambio, convivencia, mezcla y dominio. Hablando de México, los puertos de Veracruz y Acapulco se construyeron con africanos. Sabemos que su llegada fue sin que ellos tuvieran culpa ni voluntad a principios del período llamado de la Conquista.

Principalmente llegaron a la Costa Chica que se conforma por el sur de Acapulco, Ometepec, Cuajinicuilapa, Pinotepa Nacional, Puerto Escondido, Pochutla, Huatulco, solo por mencionar algunos. Fueron esclavos de los castellanos y criollos, que en términos generales, son aquellas personas nacidas en la Nueva España de padre y madre europeos. Su función fue la del cultivo de cacao, algodón y explotación ganadera. Siendo Veracruz la puerta de entrada a Nueva España, las personas africanas esclavizadas se dispersaron por varias regiones del reino. Algunos se quedaron en las haciendas azucareras en Córdoba y Xalapa, otros más fueron destinados al servicio doméstico o a las milicias; en Coahuila otros grupos se ubicaron en Múzquiz e inclusive en el territorio actual de los Estados Unidos en Carolina del Sur, Georgia y Alabama en plantaciones de arroz y algodón. A principios del siglo XIX hubo enfrentamientos y lucha por libertar a los esclavos, aunque hay un registro que mucho antes, un caudillo negro de Veracruz llamado Yanga en pleno siglo XVI intentó la libertad de su pueblo.

Consumada la independencia de la Nueva España, la abolición de la esclavitud en territorio del naciente imperio mexicano dio una lección de civilidad y modernidad al mundo occidental, en tanto que en los Estados Unidos ese mismo hecho generaría una guerra civil que estuvo a punto de dividir al país.

Lo que no puede reconocerse, aun en este siglo es el aporte que hicieron las miles de personas que llegaron, aunque de manera forzada en los rubros económicos, sociales, culturales en América. No solo con su fuerza laboral, sino en la constitución de un rostro nuevo que le da riqueza. Trajeron su cosmovisión, tradiciones, música, indumentaria, gastronomía, medicina tradicional, etc. Según cálculos conservadores fueron entre 200,000 y 250,000 personas entre mujeres, hombres y niños del continente africano quienes llegaron a Nueva España, no obstante, prácticamente desde su advenimiento la resistencia estuvo presente. Las fuerzas virreinales trataron de someterlos en todas las ocasiones que había algún levantamiento. Ya mencioné el caso de Yanga y los cimarrones que utilizaban varias vías para su libertad, al grado que el gobierno tuvo que pactar con él para el cese de las hostilidades. Este hecho fue el precursor de lo que sería más adelante la conformación de entidades libres, como lo fue el pueblo de San Lorenzo de los Negros en Veracruz.

A principios del siglo XVII en otros sitios como en la misma Ciudad de México hubo rebeliones, aunque no tuvo buen final, ya que en la Plaza Mayor fueron ejecutados 36 esclavos con exhibición de cabezas para escarmiento.

El llamado racismo tuvo su origen en los trabajos de Joseph Arthur de Gobineau (1816 – 1882). Decía que las grandes civilizaciones mundiales tenían su origen en la raza aria o blanca, en tanto que las razas negra y amarilla las consideraba inferiores y que la mezcla con ellas daría como resultado la decadencia biológica y cultural de los pueblos. Así se justificaba la idea que existían razas superiores e inferiores, siendo legítimo el reducir a servidumbre todas las que se diferencian de la raza blanca. Esta idea sigue vigente en muchos pueblos.

El avance social y político en Europa definitivamente hizo mella en América. Con la llegada del siglo XVII también lo hizo una nueva forma de entender el mundo. Estaba gestándose un cambio radical en Francia gracias a las ideas de la Ilustración, sin embargo, en el imperio español, los Borbones en la persona de Carlos III inaugura la era del despotismo ilustrado dando origen a las llamadas «Reformas Borbónicas» que primordialmente trataba de establecer el absolutismo en la persona del rey. Entre ellas estaba la reorganización del poder político en la Nueva España sustituyendo a los funcionarios de la Real Audiencia por enviados de la península, el fortalecimiento de las divisiones estamentales y su clasificación en las llamadas clasificaciones raciales, y algo que considero muy importante y que da pie al nacimiento de la idea de la separación definitiva de España es la expulsión sistemática de los jesuitas, que fueron quienes promovían ideas fundamentales de libertad hasta llegar al grado de establecer que era legítimo el «regicidio» si éste oprimía al pueblo de manera manifiesta o a través de los impuestos, como fue el caso al incrementar en un 500% la tasa que debían pagar los novohispanos.

En los albores del siglo XIX y con la consumación de las revoluciones francesa y norteamericana, en Nueva España «soplaron vientos de libertad» como reza la frase. El padre Miguel Hidalgo, cura de extracción jesuita guardaba en su pecho los más ortodoxos cánones que legitimaba el alzamiento en contra de la autoridad real y del mal gobierno. Fue él de manera espontánea quien dio la voz de libertad a los esclavos al momento de ir a la lucha armada. Fueron al menos dos personajes afrodescendientes quienes encauzaron y siguieron la causa de la independencia después de su trágico final. Otro cura, oriundo de Valladolid, José María Teclo Morelos y Pavón, el llamado generalísimo de América y Vicente Guerrero, que junto a Iturbide consumaron once años después la independencia de España. Hoy los vemos como héroes, aunque en su día, ambos estuvieron en la base de la pirámide social. Morelos, sabiendo que su destino era el ser arriero y los trabajos arduos en el campo fue uno de los primeros falsificadores cuando entra al seminario de San Nicolás en Valladolid. Entonces era rector el padre Hidalgo y gracias a la capellanía heredada a Morelos pudo acceder a la carrera eclesiástica, única vía dada su condición afrodescendiente, de tener algún futuro menos indigno.

Foto: Película La Negrada de Jorge Pérez Solano, cineasta oaxaqueño. Fuente: OaxacaCine

Al inicio de la guerra de independencia, fue comisionado por el padre Hidalgo para levantar el movimiento en la Tierra Caliente del Pacífico. Entre sus tropas predominaban los negros y mulatos. Posteriormente encabeza la toma de la Ciudad de Oaxaca sumando victoria tras victoria. Uno de los puntos importantes para que el triunfo se diera es que la abolición de la esclavitud significaba una consigna humanista, y de política de avanzada, ya que en esa época, no solo los negros estaban reducidos a esta condición, sino también los indígenas del sur. Quiero reproducir el decreto contra la esclavitud pronunciado por Hidalgo el 6 de diciembre de 1810 en Guadalajara:

«Que todos los dueños de esclavos deberán darles la libertad, dentro del término de diez días, so pena de muerte, la que se le aplicará por transgresión de este artículo.

Que cese para lo sucesivo la contribución de tributos respecto de las castas que lo pagaban y toda exacción que a los indios se les exigía.

Y para que llegue a noticia de todos y tenga su debido cumplimiento, mando se publique por bando en esta capital y demás villas y lugares conquistados, remitiéndose el competente número de ejemplares a los tribunales, jueces y demás personas a quienes corresponda su cumplimiento y observancia.»

Sin duda, él y Vicente Guerrero fueron pieza clave para la consumación de la lucha insurgente y en su momento, este personaje tuvo que sufrir lo propio, incluso fue una de las causas de un golpe de estado encabezado por Anastasio Bustamante y enviado al paredón en Cuilapan, Oaxaca. A partir del período llamado Segundo Imperio encabezado por el austríaco Maximiliano de Habsburgo se dio un momento en que tanto los pueblos indígenas como los afrodescendientes, tuvieron visibilidad y reconocimiento, aunque éste haya sido temporal. Se formó la Junta Protectora de las Clases Menesterosas dependiente del Ministerio de Gobernación el 10 de abril de 1865, cuyo Artículo 2º reza:

«La Junta recibirá todas las quejas fundadas de las clases menesterosas, y Nos propondrá en su vista los medios á propósito para resolverlas en justicia.»

Me parece importante señalar lo que dice en los párrafos II y III:

«II. Proponer las medidas que estime convenientes para mejorar la situación moral y material de las clases menesterosas.

III. Procurar el que se multipliquen los establecimientos de enseñanza primaria, para la instrucción de adultos y de niños de ambos sexos.»

En la restauración de la república, esto paulatinamente fue quedando como letra muerta y, en cambio, se restituye la lucha por el reconocimiento constitucional que, dicho sea de paso, ni en la de 1857, siendo la más liberal de las anteriores, mencionaban a los pueblos originarios ni a los afrodescendientes. A partir de ahí, repito, los brazos se alzaron para que en siglo presente se abrieran foros, debates, cumbres y declaraciones por organizaciones internacionales sobre el reconocimiento de los pueblos afrodescendientes en el mundo. Prueba de ello es la Cumbre de Durban que, entre agosto y septiembre de 2001 se llevara a cabo. El tema fue la lucha en contra de la discriminación, el racismo, la xenofobia y la intolerancia. México y la mayoría de los pueblos de América Latina firmaron el acuerdo.

En la actualidad, hay múltiples organizaciones gubernamentales, de la sociedad civil, activistas, pueblos originarios, organizaciones internacionales que siguen en los trabajos de diálogo, acuerdos, legislación para el reconocimiento constitucional de los derechos de los pueblos originarios y afrodescendientes. La Organización de las Naciones Unidas instituyó el Decenio de los Afrodescendientes en donde se busca que tengan pleno goce de sus derechos civiles, políticos, culturales, económicos y puedan acceder al desarrollo.

Puedo afirmar que por más esfuerzos que se hagan para conformar foros desde la sociedad civil, instituciones académicas y de investigación, no habrá resultados si no volteamos hacia atrás para ver la huella histórica que tantas personas nos dejaron como legado. Hace unos días estaba visitando varias ciudades del país y en cada una de ellas había una presencia definitiva de la obra y lucha generalizada que ha tenido el pueblo mexicano. El sitio que más me deja lecciones es el panteón-museo de San Fernando en la Ciudad de México. Allí reposan o reposaron muchos de los llamados héroes y villanos de la historia. La suya propia me relató más que la simplicidad de lo que me contaron alguna vez en un libro o en un aula. Los sepulcros de esos hombres y mujeres del siglo más turbulento de México me trasladaron mucho más atrás, cuando la libertad no era más que un sueño inalcanzable. Donde la paz dista mucho de ser un derecho.

Donde la dignidad y el honor estaban por encima de cualquier vicio.

 

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