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El desarrollo sustentable como paradigma para fundamentar el derecho al medio ambiente adecuado, ha postulando la necesidad de fundar nuevos modos de producción y de explotación económica de la naturaleza. Así, desde Río-92 empezó a configurarse una estrategia política para la sustentabilidad ecológica del proceso de globalización y como condición para la sobrevivencia del género humano a través del esfuerzo compartido de todas las naciones del mundo. El desarrollo sostenible es definido como: “la satisfacción de las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”. (Informe titulado “Nuestro futuro común” de 1987, Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo)

El discurso del desarrollo sostenible se fue legitimando ampliamente a raíz de la Conferencia de las Naciones Unidad sobre Medio Ambiente y Desarrollo, celebrada en Río de Janeiro en 1992. Sin embargo, la conciencia ambiental emerge en los años sesenta con la publicación del libro Primavera silenciosa de Rachel Carson (1962), considerada la primera declaración pública de lo que los plaguicidas estaban causando al ambiente. Esta preocupación por la degradación ambiental se expande, luego de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente Humano, celebrada en Estocolmo en 1972. Es en ese momento cuando se señalan los límites de la racionalidad económica y los desafíos que genera la degradación ambiental.

Este nuevo modelo de desarrollo se plantea a partir del análisis del deterioro ambiental, y supone un cambio en los sistemas de producción, políticas públicas, uso de tecnologías para explotación de los recursos naturales y sobre todo en la educación ambiental de cada ciudadano. Nos encontramos, entonces, ante una crisis civilizatoria, que exige un cambio en la forma de estar en el mundo.

Este nuevo estilo de desarrollo sostenible tiene como meta principal una nueva ética del desarrollo, una ética en la cual los objetivos económicos del progreso estén subordinados a las leyes de funcionamiento de los sistemas naturales y a los criterios de respeto a la dignidad humana y de mejoría de la calidad de vida de las personas. Por ello, se invita a adoptar una nueva forma de pensar en la que el saneamiento económico y el ambiental se conciban como objetivos que se vinculan entre sí y se apoyan mutuamente.

Afirmar que los seres humanos constituyen el centro y la razón de ser del proceso de desarrollo implica abogar por un nuevo estilo de desarrollo que sea ambientalmente sustentable en el acceso y uso de los recursos naturales y en la preservación de la biodiversidad; que sea socialmente sustentable en la reducción de la pobreza y de las desigualdades sociales; que sea culturalmente sustentable en la conservación del sistema de valores, prácticas y símbolos de identidad, dicho de manera general debe emprenderse un nuevo proyecto que contemple tanto el bienestar actual y la preservación futura de los bienes no-humanos.

Es cierto que la ciencia y la tecnología nos han otorgado superioridad en la manipulación y sometimiento de la naturaleza y sus efectos; nos han hecho de todas las maneras aptos para el trabajo, la apropiación de los recursos, medios de explotación, modos de subsistencia etc., pero desde cierta conveniencia, nos hemos adaptado a los beneficios sin utilizar de manera correcta y con responsabilidad sus alcances. La actual crisis ambiental nos exige la colaboración desde distintos campos de la ciencia y la cultura, desde los cuales podamos reflexionar sobre las condiciones de vida humana y no-humana de nuestro planeta. Es necesario abordar los problemas ambientales desde un enfoque en que no separe el medio físico (suelo, agua, atmósfera, relieve), y los seres vivos (animales y plantas), porque de esa separación se distorsiona la relación del hombre con la naturaleza.

¿Cómo nos vemos a nosotros mismos dentro de este sistema cerrado, llamado planeta tierra?

El planeta sobre el que vivimos actualmente, es la confluencia de procesos físicos, biológicos y simbólicos conducidos por la intervención del ser humano, en el que también convergen; la economía, la ciencia y la tecnología.

La concepción antropocéntrica parte de la premisa de que el ámbito de la moral está restringido a los seres humanos, por lo tanto, su principal ocupación no son los recursos naturales, si no las repercusiones que estos daños puedan causar a los seres humanos. Desde esta perspectiva, las injusticias que ocasionan las actividades humanas no generan obligaciones morales con el medio ambiente.

En una segunda reflexión sobre el medio ambiente y nuestra relación con él, se plantea el abandono de nuestra idea antropocéntrica para ampliar el ámbito de la moralidad ya no sólo a las personas humanas, sino a todos los seres naturales que nos rodean, en el que se incluyen plantas, animales, mares, montañas, ecosistemas, etc. otorgándoles un valor intrínseco.

 

Confróntese:

Leff, Enrique 1994, Ecología y Capital (México, Siglo XXI)

Leff, Enrique 1998, Saber Ambiental: sustentabilidad, racionalidad, complejidad, poder (México: Siglo XXI/UNAM/PNUMA) (tercera edición revisada y aumentada, 2002.)