José Vasconcelos: la soledad de un optimista



JOSÉ VASCONCELOS: LA SOLEDAD DE UN OPTIMISTA

Por: Félix Manuel Cruz

Un pueblo que no habla se suicida, es un pueblo que no tiene en qué asirse, porque no tiene como explicar lo que lo agobia, ni cómo asumir el dolor.

Hoy más que nunca el rotundo silencio de los difuntos recorre las calles de México, revoloteando con los mismos aires que exhalan las alas de una mariposa, que en la bruma de la ignorancia plasma en sus alas la cara de un mal augurio que nos devuelve una mirada que solamente puede ser melancolía. Desde el asfalto de las urbes podemos vislumbrar a través de las ventanas la cálida luz que envuelve los hogares de las familias mexicanas, pero al asomarnos por el portal de su morada los nítidos reflejos se tornan en un azul frío al palidecer del profundo vacío que se halla en las que bien podrían ser consideradas fosas comunes, dejando no más que silencio de un pueblo que hoy se encuentra con la soga al cuello al filo de una silla.

Mi mayor miedo es verme reflejado en el grabado de las alas de aquel insecto, de vislumbrar a un pueblo que se ha ensimismado con el nombre ajeno, y de observar a toda una generación consolidarse tras haber perdido la lucha contra los vicios que la persiguen y por los que tantos la señalan.

Melancolía es todo lo que podría sentir al denotar que la juventud hace caso omiso a los consejos de los muertos y que aun así se torna demasiado perezosa para ser rebelde, miles son los jóvenes que hoy son orgullo para su país y muchos más existen, aunque no los vemos, pero aun así parecen insuficientes frente a los más de 800 mil alumnos que abandonaron el ciclo escolar a inicios de 2023.

Esto hace que me pregunte ¿será acaso que los grandes héroes del pasado se han acabado las palabras que pertenecían a los jóvenes del presente? ¿Habrán gritado tan fuerte la palabra revolución que hoy la nación se ha quedado muda? ¿O es nuestra generación la que nació sin voz?



Sé bien quien se ha robado la voz de la juventud, quienes son los piratas que secuestraron nuestro barco y quienes los marineros que se dejaron secuestrar. Fue aquel cofre del tesoro que cautivó con su voraz brillo a todo aquel que vislumbraba el potencial que aguardaba en su interior, grabando en los ojos curiosos la visión del porvenir de un futuro cuanto menos transformador.

Cuál sería la pena adecuada para un pueblo que no aprende de su pasado, que ante la incredulidad del cambio ha vuelto a recibir a sus invasores con los brazos abiertos, mostrándonos que las redes sociales, la internet y los medios son los que hoy se retratan a través del muralismo mexicano como una ventana hacia una nueva oportunidad que debe ser encarada con gran destreza con tal de no sucumbir ante lo que podría ser el causante de una muerte trágica, en cuyo epitafio se sentencia la necesidad inmediata de reavivar las obras de los grandes héroes del pasado.

Pero me envuelve una pena lapidaría al darme cuenta de que aquel tesoro invaluable que profesaba un nuevo medio para oír los gritos de la palabra revolución hoy se ha convertido en una caja de pandora que ha desenterrado la imagen de un falso ídolo ante el cual miles se postran en son de adoración de un mundo que no existe, mientras que aquellos templos que preservan las estatuas de barro de los grandes héroes del pueblo se hallan vacías, ya sea por indiferencia o ignorancia.

Y el primer nombre que resuena en mi mente es evocado de un pilar tallado en el barro negro endémico de su tierra, el padre de la educación en México, José Vasconcelos.

Precisamente pienso en él en primer lugar por el legado que representó su constante lucha por la patria, un riguroso trabajo que se manifiesta frente a mi al mismo ritmo que leo su obra, emanando de ella un pincel que se sumerge en una brillante tinta color carmesí, color sangre, que pinta frente a mí su retrato, que me muestra a José Vasconcelos al pie de su lucha revolucionaria contra el porfiriato, dándole vida al grabado que él constituyó para Madero, haciendo resonar las palabras “Sufragio efectivo no reelección”, una sentencia tan contundente que lideró los cauces de la revolución, permitiendo que se asentaran las bases de la constitución y dando paso a su lucha por la presidencia en 1928.

Es en ese momento en el que la tinta que se plasma sobre su retrato se torna en un pigmento verde tan profundo como el de la selva mexicana, emergiendo de sus entrañas un canto que nos envuelve con la misma gracia que aconteció el día que pronunció su discurso al tomar la rectoría de la UNAM en 1920, dejando caer sobre la institución el peso de severas acusaciones que señalaban la indulgencia que hasta el momento se habían propagado por los pasillos de aquella que presumía ser la epítome de la educación, de la modernidad, el horno de grandes líderes y revolucionarios, pero que se reveló como un páramo que fue descuidado por los esfuerzos que en la última de sus instancias resultaron insuficientes.

Aquel discurso no entregó promesas y mucho menos profesó milagros, sino que cargó consigo el trabajo necesario para poner en marcha la tan ansiada labor de redención social por la que clamaba la UNAM, luchó por abrir aulas gratuitas, con un profesorado preparado e instalaciones dignas de la labor que representa la enseñanza.

Finalmente, aquel lienzo muestra en la pureza del color blanco la unificación que se consolidó en el frente militante de la educación al hacer gala de la mayor obra de José Vasconcelos, aquella que llevó los libros a la plenitud de toda la nación y que en octubre de 1921 vislumbró asombrado el nacimiento del que hoy se debería referir como el órgano más importante de toda la nación, la Secretaría de Educación Pública.

Aquella que forjó por primera vez la promesa transformadora de la educación humanista, laica, gratuita y obligatoria, un ideal de cambio que finalmente combatiría el 80% de analfabetismo que legó el porfiriato y que actualmente es el pilar fundamental de nuestro desarrollo, uno que nunca deberá ser reemplazado por aquellos vicios que hoy le son atribuidos a la juventud, un valor que se ve amenazado por un incorrecto uso de la tecnología, la visión del pálido reflejo de un líder que ha sido abandonado por los propios libros de texto que llevan grabado su nombre y por una juventud se ha enajenado de su rostro.

Una juventud que hoy más que nunca necesita recordar la historia de sus muertos, gritar por todos los medios posibles la palabra revolución, emprender en la constante labor de redención social y alcanzar el ideal de estudio, de aprendizaje, y de lectura que se carga sobre nuestros hombros como una promesa a un líder, a un revolucionario y al padre de la educación que nos enseñó que solo por mi raza hablará el espíritu.